Aquel jefe era un elefante blanco.

El elefante sagrado de los Indios.

Nizam, a pesar de su estado de debilidad, lo descubrió desde lejos, y como el pobre Indio era un piadoso servidor del dios Wichnou, pensó que aquel dios enviaba al animal sagrado en su ayuda.

Y Nizam no se engañaba.

Cuando el elefante llegó a cierta distancia, se acercó a él, se detuvo, bajó la trompa, la rodeó al cuerpo del Indio, y lo colocó blandamente sobre su cuello.

Luego continuó su marcha, siempre seguido por el formidable ejército que mandaba.

Los elefantes salieron a poco del juncal, y llegaron a una vasta llanura cultivada, en medio de la cual se veía una aldea india.

Entonces el elefante blanco volvió a coger a Nizam y lo colocó a orillas de un campo de arroz; y fijando en él esa mirada de su raza, que tiene algo de humano, pareció decirle, según creyó comprender el pobre herido:

—Aquí te hallas bajo la protección de los hombres, que son tus hermanos, y no tienes nada que temer de los tigres.

Así fue como Nizam se salvó de una muerte cierta. Socorrido por los habitantes de aquella aldea, sus heridas se cicatrizaron una a una; pero la piel no volvió a formarse, y había sido reemplazada por una membrana viscosa que dejaba ver los músculos y las venas de los miembros.