Como a la sazón se hallaban en lo más fuerte del estío, el día había sido en extremo caluroso.
Así aspiraban con avidez una ligera brisa que agitaba apenas las hojas de los árboles y refrescaba un poco la atmósfera.
Sir Evandale, después de haberse separado de su hermano, se había retirado a su cuarto, y, despojándose de una parte de sus vestidos, se echó por un momento en la cama.
Pero el estado de su espíritu no le permitía conciliar el sueño.
La ventana que daba frente al lecho había permanecido abierta.
La brisa movía blandamente un árbol que tocaba casi a esta ventana, pero pasados algunos instantes, se agitó de pronto con tal fuerza entreabriendo sus ramas, que sir Evandale se incorporó sobresaltado y saltó vivamente del lecho.
Entonces, el follaje del árbol se abrió con violencia, y apareció un hombre que, ágil como un mono, saltó al alféizar de la ventana.
Aquel hombre era Nizam.
—Heme aquí, dijo.
—¡Ah! exclamó sir Evandale, tres días hace que os ando buscando.