—¿Para qué?
—Va a cobrar una suma importante que tengo depositada en casa de uno de mis banqueros.
—¡Ah! dijo sir Evandale.
Tom partió de seguida. Debía ir a caballo hasta la estación próxima, y allí tomar el tren acelerado de Edimburgo a Londres.
Lord William se apoyó entonces en el brazo de su hermano y dirigiéndose a su gabinete, le dijo:
—La ley inglesa me obliga a conservar en mi poder todos los bienes muebles e inmuebles de la familia, pero puedo disponer del numerario hasta cierto punto. Ahora bien, hoy mismo acabo de entrar en posesión de veinte mil libras esterlinas que creía perdidas. He pensado en vos, y creo que me daréis el placer de aceptarlas.
—¡Hermano!... murmuró confuso sir Evandale.
—Tomad, añadió lord William.
Y le entregó una cartera henchida de pagarés y de banknotes.
En esto había llegado la noche.