Y fue a encerrarse en su habitación, devorado por sus bajas y criminales pasiones.
Dos días se pasaron así.
Sir Evandale se paseaba por los alrededores, ya a pie ya a caballo, y había vuelto muchas veces al paraje del bosque donde Nizam le había contado su historia.
En vano recorrió todos los caminos de la llanura y los senderos del bosque.
El Indio Nizam permanecía invisible.
Al tercer día, y a la caída de la tarde, cuando sir Evandale volvía a New-Pembleton, triste y desalentado, halló a Tom en el patio de la quinta.
El mayordomo estaba en traje de camino, y se disponía a montar a caballo.
Lord William hablaba con él en voz baja.
—¿Adónde va Tom? preguntó sir Evandale aproximándose.
—A Londres, respondió lord William.