—Que el padre de miss Anna os dará cartas de recomendación para los dos rajáhs.

—Bien.

—Y solo quedará por vos, estoy seguro, si no os casáis con la bella Dai-Natha.

—¡Ah! ¿se llama Dai-Natha?

—Sí, hermano mío; y es muy hermosa, según dicen.

—Os doy infinitas gracias por el cuidado que tomáis de mi porvenir, repuso el joven Pembleton.

Y su voz, al hablar así, revelaba una sorda ironía.

Pero lord William no lo notó, y se separó de su hermano contento y satisfecho.

Apenas se halló solo, sir Evandale dejó estallar todo su rencoroso despecho.

—¡No es la hija del rajáh lo que yo quiero, exclamó con furor concentrado; no, lo que quiero es miss Anna: no son plantaciones de arroz y de índigo lo que ambiciono..... es el solar de Pembleton y los bosques y pastos que lo rodean..... es tus títulos, tu nombre, tu dignidad, lord William!