Aquel día fue terrible.
Lord William permaneció largas horas devorado por una fiebre ardiente, y a ella se sucedió después un abatimiento profundo.
Permanecía con los ojos cerrados, respiraba apenas, y cuando llegó la noche, su rostro estaba cubierto de pústulas purulentas, y de tal modo entumecido que no se distinguían sus facciones.
Habían enviado un despacho a Londres, llamando a los médicos más célebres de Inglaterra.
Pero, ¿llegarían a tiempo?
Sir Archibaldo y su hija se habían instalado a la cabecera del enfermo.
Miss Anna lloraba sin consuelo, y nadie podía arrancarla del horrible espectáculo que tenía ante los ojos.
Sir Evandale, por su parte, había representado también su papel como un cómico consumado. El dolor que manifestaba era tal que conmovía a todo el mundo, y todos los esfuerzos que hicieran para hacerle tomar algún alimento habían sido inútiles.
Sir Archibaldo le había estrechado muchas veces la mano, y miss Anna había llegado al punto de echarse en sus brazos llamándole «mi querido hermano.»
Hacia la caída de la tarde, lord William pareció por un momento salir de su torpor, y pronunció algunas palabras que hicieron creer volvía a la razón.