Y bien pronto sintió pesadez de cabeza y un violento deseo de dormir.
Sin embargo, luchó cuanto pudo contra aquel sueño letárgico, y tuvo tiempo para ver a sir Archibaldo y a su hija cerrar los ojos casi en el mismo instante, y poco después de ellos, el ayuda de cámara de lord William, que había permanecido en la habitación para servir a su amo y darle las pociones prescritas por el médico, se durmió igualmente.
Sir Evandale a su vez, cerró los ojos y se quedó dormido.
Pero no había pasado mucho tiempo, cuando sintió una violenta sacudida, y después una extraña sensación de frío.
Al punto abrió los ojos, y sintió su rostro enteramente mojado.
Miró a su rededor, y vio que ya no se hallaba en el dormitorio de lord William, sino en su propio cuarto y acostado en su lecho vestido como estaba.
Un hombre se hallaba junto a él.
Y este hombre, como ha podido adivinarse, era Nizam.
El supuesto Indio le pasaba por el rostro una esponja empapada en vinagre inglés.
Sir Evandale fijó con ansiedad los ojos en Nizam y le dijo: