—¡Ah! exclamó Tom temblando de emoción.
—No respondo, prosiguió Frantz, de la exactitud absoluta de los informes que voy a daros: sin embargo, nada perdéis en escucharme.
—¡Veamos! dijo Tom con creciente ansiedad.
—Hay pocos deportados que vuelvan a Europa, después de cumplir su condena: la mayor parte solicitan quedarse en Australia.
Unos se ponen a servir como pastores; otros trabajan en las minas; y algunos acaban por hacer fortuna.
—¿Y bien? dijo Tom.
—Hace seis meses, prosiguió Frantz, me hallaba yo en Melbourne, donde se celebra una gran feria de ganado.
Los bueyes y los carneros llegaban por centenas, y toda la ciudad estaba llena de labradores y ganaderos.
Aquel día, si no me equivoco, me pareció ver en medio de la feria a un hombre que se parecía a Walter Bruce: hasta recuerdo que intenté reunirme con él, pero la multitud era tan compacta, que bien pronto lo perdí de vista.
—Bien, repuso Tom, pero admitiendo que fuese efectivamente Walter Bruce el que habéis visto, ¿qué deducís de ello?