»La pobre señora no sabe absolutamente nada. A estas horas cree todavía que su esposo se halla en París.
»Voy a referiros en pocas palabras todo lo que le ha sucedido.
»Ya sabéis que salió de Londres, hace tres meses, para ir a reunirse con su marido en Folkestone.
»En la supuesta carta de Mr. Bruce, que motivó esta partida, habían imitado tan maravillosamente su letra, que ella no pudo sospechar lo más mínimo.
»Un hombre la esperaba en la estación de Folkestone.
»Pero, como podéis muy bien imaginar, aquel hombre no era Mr. Bruce, sino un gentleman que decía venir de su parte.
»Como prueba de ello, la presentó otra carta, firmada también Walter Bruce, que su señora creyó igualmente auténtica.
»En ella decía Mr. Bruce que a causa del cambio de ciertas combinaciones, se veía obligado a partir solo para París, donde ella iría a reunírsele, previo aviso, dentro de algunas semanas. De consiguiente la rogaba que aceptase sin reserva alguna los servicios de aquel gentleman, que gozaba de toda su confianza, y a quien había dado sus instrucciones.
»Mistress Bruce dio crédito a esta segunda carta, como lo había dado a la primera, y no titubeó en seguir al gentleman, que la condujo a Brighton, y la instaló en la casita de campo donde la he encontrado esta mañana.
»Cada quince días recibe una supuesta carta de su marido, el cual retarda siempre su ida a París, bajo diferentes pretextos.