Al día siguiente llegaba a París y corría al domicilio del teniente.

Aquí nuevo golpe y nuevo desengaño.

El teniente había desaparecido de París hacía ocho días, sin que nadie supiese su paradero.

Tom buscó entonces a los dos antiguos cabos de presidio, pero también los buscó en vano.

Ni la policía de París, ni la embajada inglesa pudieron averiguar el paradero de aquellos individuos.

Entonces Tom, fuera de sí de cólera y de dolor, exclamó:

—¡Pues bien! Ya que no hay que contar con la justicia..... yo la tomaré por mi mano.

Y partió precipitadamente para Londres.

La misma noche en que Tom se hallaba de vuelta en la capital, lord Evandale, que había asistido a la sesión de la Cámara alta, salió bien tarde del Parlamento.

Era cerca de media noche.