Al cabo de ocho días, el nuevo solícitor obtuvo que se levantaran los sellos.

Pero ¡ay! aquí esperaba a Tom un nuevo desengaño, más cruel, más terrible que todos los que ya había sufrido.

Levantado el secuestro, se procedió a un minucioso examen, pero fue en vano el registrar todos los papeles de Mr. Simouns; la famosa pieza había desaparecido.

Una mano criminal la había sustraído sin duda, el día de la visita judicial en el gabinete de Pater-Noster street.

El nuevo solícitor no se desalentó sin embargo.

Cuando estuvo bien convencido de la desaparición de aquel documento, tomó inmediatamente su partido, y dijo a Tom:

—El teniente Percy continúa en París, ¿no es verdad?

—Así lo creo.

—Pues bien, es necesario ir a París, y obtener de ese hombre una nueva declaración, aun cuando sea a fuerza de dinero.

El honrado Tom, siempre animoso e infatigable, partió de seguida.