O Rocambole y Milon habían perecido bajo aquel desplome a tiempo que huían; o bien habían quedado encerrados entre los dos peñascos que se desprendieron a cierta distancia uno de otro.

Esta última hipótesis era la única y suprema esperanza que Vanda podía conservar aún.

La pobre joven miraba a Marmouset, retorciéndose las manos con desesperación, y murmuraba sin cesar:

—¿Qué hacer? ¡Dios mío!... ¿qué hacer?

—¡Oh! por mi parte no lo sé tampoco, repuso Marmouset.

Pero de pronto tuvo una inspiración.

Entregó la linterna a Shoking y, aproximándose al peñon que cerraba la galería, se acostó por tierra casi debajo de él y aplicó el oído.

Vanda le contemplaba sin comprender bien lo que hacía.

Marmouset escuchaba.......

Escuchaba, sabiendo que ciertas piedras de materia calcárea poseen una sonoridad prodigiosa.