Esta experiencia se semejaba algún tanto a la del médico cuando asculta el pecho de un hombre que no da signo de vida, a fin de convencerse de que el corazón ha dado su último latido.
La ansiedad de los actores de esta escena acrecía por momentos, cuando de repente Marmouset levantó la cabeza, y su rostro pareció iluminarse.
—Oigo alguna cosa, dijo.
—¿Qué? preguntó Vanda con voz ahogada, y precipitándose hacia él.
—Oigo un ruido sordo y lejano, que se parece a veces al murmullo del agua que brota de un manantial, a veces a la voz humana.
Vanda apoyó a su vez el oído contra la peña.
—Yo también, dijo, oigo alguna cosa.
—¡Ah!
—Y no es, añadió con un gesto de alegría, el ruido del agua.
—¿Estáis segura?