—Decid.
—Ya encontraréis el medio de ver a mi pobre marido en Newgate. Aunque condenado a muerte, sé que le dejan pasearse todos los días en el patio con las demás presos.
—Bien, ¿y qué debo decirle?
—Le diréis solamente estas breves palabras:—«He visto a vuestra mujer Betzy. Morid en paz; tiene en su poder los papeles.»
—¿Y es eso todo?
—Todo, dijo Betzy.
Y bajando la cabeza, lloró silenciosamente, sin curar de enjugar sus lágrimas.
Procuré distraer su dolor y saber algo más; pero por más preguntas que la hice, no logré arrancarle una palabra.
A la mañana siguiente, apenas apuntaba el día, vinieron a buscarme para conducirme a Newgate.
Durante tres días me tuvieron incomunicado, y así me fue imposible el ver desde luego al reo de muerte.