En fin, al cabo de ese tiempo me pusieron en comunicación y dulcificaron el régimen que me habían impuesto, con la esperanza de hacerme entrar en la vía de las revelaciones.
Es verdad también que yo insinué indirectamente que tal vez hablaría si me trataban de una manera menos dura.
Desde ese momento hicieren casi todo lo que yo quería, y pude, como los demás presos, bajar al patio dos veces por día.
La primera vez que me presenté en él, no formé parte de ningún grupo, ni hablé con nadie; pero busqué con la vista al condenado a muerte.
Pronto lo descubrí, paseándose solo en un rincón del patio, con la cabeza inclinada sobre el pecho, y las manos enlazadas con fuertes esposas.
Dirigí mis pasos hacia aquel sitio, aunque sin acercarme a él, y lo examiné con atención.
Era un hombre de cerca de sesenta años.
Pequeño, rechoncho, ancho de espaldas, y con una cabeza enorme sostenida por una cerviz de toro, aquel hombre debía ser de una fuerza extraordinaria.
Su barba era roja, pero su cabeza enteramente cana.
En una de mis vueltas pasé cerca de él, y entonces se fijó en mí por un momento.