Su mirada contrastaba singularmente con el aspecto extraño y casi repugnante de su persona, pues era clara, dulce y leal.
Y sin embargo, aquel hombre había asesinado a otro.
Había teñido sus manos en sangre, pero se adivinaba desde luego que no había matado para robar.
A la mañana siguiente volví a bajar al patio a la misma hora.
El condenado a muerte se encontraba ya allí; siempre aislado, siempre sumido en su mortal tristeza.
Al entrar no emprendí mi paseo como el día anterior, sino me fui derecho a él.
El preso se detuvo bruscamente, y fijó en mí la mirada franca, leal, casi tímida, que me había ya impresionado el día anterior.
—¿Es cierto, como dicen, que habéis asesinado a un lord? le pregunté sin más preámbulos.
—Sí, me respondió.
Y pronunció esta sola palabra con una sencillez que me confirmó en mi opinión.