Estos peligros, perfectamente conocidos por el coronel Machado, no le hicieron desistir de su propósito; y á las 4 y 25 de la tarde salían en la mencionada cigüeña automóvil el coronel Machado y los Tenientes Cabrera y Alfonso, con una pareja de la Guardia Rural, en dirección á Guantánamo.
Nada anormal ocurrióles durante el trayecto de San Luis á Bayate. Ya era de noche cuando atravesaron este paradero, por lo que enviaron á buscar algo que comer, que confortara sus estómagos. Terminada esa pequeña comida, volvieron á ocupar su cigüeña, emprendiendo de nuevo la marcha.
El jefe de ese paradero les había advertido que tuvieran cuidado, pues por la tarde había estado allí una gruesa partida de rebeldes, los que siguieron por la línea, en la misma dirección que ellos llevaban. Hacía ya más de 30 minutos que se encontraban en marcha, cuando atravesaban con bastante velocidad un puente muy largo, y sin baranda, en el medio del cual la cigüeña sufrió un choque terrible; todos cayeron unos encima de otros, y el que guiaba la máquina lanzaba lastimeros ayes; la cigüeña se había detenido en su marcha. La primera impresión fué terrible, todos creyeron que las partidas de alzados que merodeaban por aquellos lugares les habían tendido un lazo para capturarlos vivos; pero poco á poco fuese aclarando el misterio, y se pudo ver lo que había producido aquel espantoso choque: era un toro que se paseaba por el puente y al que la velocidad con que marchaba la cigüeña le impidió salir de él.
Desgraciadamente no fué solo el toro el que pagó las consecuencias de la violenta acometida; la cigüeña también se había destrozado, y todos sus pasajeros hubieron de descender de ella internándose en la manigua, pues debían buscar una posición que estuviera en condiciones de poderse defender, caso de que alguna partida tratara de atacarles. Mas cual no sería la sorpresa de los excursionistas al ver que á medida que se internaban en el monte, se presentaban ante su vista pequeñas casitas de yagua, y el humo que despedían las candeladas; todo eso demostraba que horas antes había estado acampada allí alguna numerosa partida de alzados, por lo que hubieron de abandonar aquel lugar teniendo en cuenta que sólo eran seis hombres, de los cuales solamente dos usaban arma larga. Después de enviar á la siguiente estación al conductor de la cigüeña, se emboscaron todos detrás de una cerca, esperando el momento de morir matando, pues en el caso probable de que hubieran sido atacados por los alzados éstos al ver á sus enemigos en número inferior, los hubieran tratado de capturar y como consecuencia se habrían defendido hasta disparar el último tiro. Allí pasaron 5 horas sin tomar agua ni probar ninguna clase de alimentos, y en medio de las mayores incomodidades. Por fin, un resplandor se deja ver por la manigua, las paralelas comienzan á producir ruido, un tren se aproxima, y á medida que la potente máquina avanza, van aquellos bravos militares, que hubieran sabido morir heróicamente antes que caer vivos en poder del enemigo, recuperando la confianza de vivir, que durante siete horas habían perdido.
A una señal se detuvo la locomotora, y todos reanudaron el interrumpido viaje á Guantánamo, donde llegaron á las dos de la madrugada.
Así terminó ese incidente, que pudo haber costado seis vidas y hubiera producido un efecto moral desastroso para la causa del orden.
VII
EL FUEGO DE BOQUERON POR FUERZAS DEL
COMANDANTE CASTILLO
Esta acción, que ha sido sin duda alguna de las más importantes de las efectuadas en la intentona racista, ha pasado casi inadvertida, debido á que en los días que se efectuó todos los diarios habaneros estaban preocupados con el problema de la Intervención Americana, al que dedicaban todas sus páginas, haciendo caso omiso de lo que las fuerzas armadas de la República hacían por la región oriental.
La columna del comandante Rafael del Castillo, se encontraba acampada en el pequeño pueblecito de El Palmar, lugar pintoresco situado al pie de las estribaciones de las lomas de "Los Ciegos". Al amanecer, las alegres notas de la diana despertaban á todos aquellos bravos soldados de su sueño, y de sus pequeñas tiendas de campaña iban saliendo todos ya con sus equipos preparados y sus armas en la diestra. Repartiose el café en las Compañías, y apenas la aurora se dejaba entrever en el horizonte, ya los soldados emprendían la marcha, dejando detrás El Palmar, que durante toda aquella noche les había servido de agradable campamento.
No habían andado más de 20 minutos, cuando los exploradores de la Guardia Rural al mando del sargento Rizo y cabo Fifí, del Tercer Regimiento, rompían fuego contra un grupo de negros que, subidos en una loma inaccesible, les respondían á balazo limpio.