Que la voz de la sangre es la más fuerte,
y hands across the sea

Volvamos al señor de mister Brooks.

No ha sido ésta su primera demostración anexionista. Hace algún tiempo, como recordarán de fijo mis lectores, estuvo á punto de provocar un conflicto, por haber solicitado del jefe de la estación naval el inmediato desembarco de tropas, sin otra causa que haber ocurrido varios desórdenes sin importancia en Guantánamo.

En aquella ocasión no desembarcaron en Cuba soldados americanos gracias á la digna y enérgica actitud del capitán York, que se opuso á ello resueltamente.

Ahora no ha hecho sino ratificar con un nuevo acto de franca hostilidad el poco cariño que le inspira la República cubana, y esto no debe sorprender á nadie, del mismo modo que no debe causarnos extrañeza que el ministro Beaupré y el mamarracho de Caldwell, corresponsal en esa capital de la Prensa Asociada, hayan sido los responsables de que un almirante y dos grandes acorazados de los Estados Unidos se encuentren hoy en la bahía de la Habana, pues ambos se han distinguido siempre por.... por.... ¡bueno! por lo mismo que se distingue el flamante Cónsul de la Gran Bretaña en Guantánamo.

Repito que la actitud de tan distinguidos anexionistas no me sorprende; pero si hay en este mundo algo que yo no pueda explicarme, es que hoy, cuando forzosamente tienen que haberse convencido de que las tropas de Cuba Libre bastan y sobran para meter á los alzados en cintura, insistan los americanos en permanecer en territorio cubano, con lo cual—bueno es que se sepa—no han conseguido otra cosa que crear dificultades á nuestro gobierno, herir á nuestro pueblo en sus más hondos sentimientos y retardar la pacificación del país.

No hay que hacerse ilusiones; mientras que Ivonet, Estenoz, y los principales cabecillas del movimiento no se convenzan de que los yankees no tienen el propósito de intervenir, se guardarán bien de rendir las armas, pues pensarán que el gobierno, al verse seriamente amenazado por una nueva intervención, acabará por concederles todo cuanto piden.

Tan convencido estoy de lo que digo, tan absolutamente seguro de que si se mantienen en las montañas es sólo por la razón que dejo expuesta, que no tengo el menor inconveniente en afirmar que la retirada de los buques y soldados yankees traería como consecuencia inmediata el cese de la rebelión.

VI
UN ACCIDENTE

Para dirigirse á Guantánamo, plaza de la cual acababa de ser nombrado comandante militar, el coronel de Infantería Jefe del Segundo Regimiento Sr. Carlos Machado y Morales, había tomado pasaje en el tren que parte de Santiago de Cuba á las 2 y 15 de la tarde, en unión del Teniente de Sanidad Militar Dr. José A. Cabrera y el Segundo Teniente señor Alfonso. El convoy que los conducía hubo de sufrir en El Cristo un retraso como de media hora, pues en la vía se encontraba un tren de carga que había tenido un percance. Este inesperado retraso hizo que dichos militares llegaran á San Luis con mucha demora, por lo que el tren que á las 3 de la tarde sale para Guantánamo ya había partido, lo que obligaría al coronel Machado y sus acompañantes á permanecer en San Luis hasta el día siguiente. Pero el coronel Machado, que es hombre que no se detiene ante ningún obstáculo para llegar al fin, y que comprendía lo necesario de su llegada á Guantánamo ordenó que la Compañía del Este pusiera á su disposición una cigüeña de vapor para hacer el viaje en unión de sus compañeros. El hacer el viaje de San Luis á Guantánamo en el tren era cosa en extremo peligrosa, pues raro era el día que los rebeldes no lo tirotearan ó quemaran un puente, una alcantarilla, y hasta alguna estación. Esto no obedecía á otra cosa que al hecho de que la zona que el tren atravesaba era la más frecuentada por las partidas rebeldes, dándose el caso repetidas veces de que los alzados plantaran su bandera sobre las lomas en las cercanías de las paralelas del ferrocarril.