Una orden llegada de Guantánamo hizo que la columna regresara á esa ciudad, y al siguiente día entraba en ella, donde permaneció dos días descansando. Bien se lo merecían aquellos bravos soldados que supieron tomar al enemigo posiciones que siempre fueron creídas inexpugnables por todos que las conocían.

VIII
IMPREVISION

Son tantos y de índole tan diversa los asuntos de que puede tratar un periodista profesional que tenga la suerte de hallarse en estos momentos en la bella y hospitalaria Santiago, que al poner manos á la obra de confeccionar, de prisa y corriendo, como por lo común se hacen estos trabajos, una correspondencia, se siente uno perplejo, sin saber por dónde empezar ni á qué temas dar la preferencia.

Así, por ejemplo, yo daría cualquier cosa por estar dotado del inapreciable don de condensar en el espacio de ocho ó diez cuartillas todas mis impresiones, las buenas lo mismo que las malas, y referir las mil y una peripecias que me han ocurrido, desde el último abrazo que me dió Hernández Guzmán en el andén de Villanueva, hasta el último timbrazo inútil que acabo de dar para que me traigan una pluma algo más digna de su nombre que este horrible mocho de escoba que me facilitaron en la carpeta del hotel en que me hospedo.

Santiago de Cuba, destinada, por lo visto, á sufrir todos los rigores de las campañas militares que se libran en nuestra patria, ofrece en estos momentos el extraño aspecto de un vasto campamento, y raro es encontrar por calles y paseos un hombre que no vista de uniforme.

Y no vaya á creerse que me refiero á los uniformes de la Rural ó el Permanente, los cuales, (dicho sea en honor de nuestro ejército regular) no son los que más abundan, por la sencilla razón de que casi todas las tropas están en operaciones.

Los uniformados que pululan por estas pintorescas calles (que más que otra cosa parecen montañas rusas de asfalto) son los milicianos—la "Guardia Blanca" Oriental—unos soldados que han abandonado los libros, las oficinas, los talleres, el hogar tranquilo y venturoso, para empuñar el rifle; soldados improvisados que merecen bien de la patria, y que tanto por los valiosísimos servicios que prestan, como por la compostura, disciplina y seriedad de que hacen gala, se confunden con los militares de profesión.

El Ejército, por su parte, ha demostrado hasta la saciedad que no tiene superior en el mundo; y si sufridos, heroicos é incansables son los soldados, brillante y digna de encomio es la oficialidad.

Pero yo no he venido á Oriente para fungir de monigote y por lo tanto paréceme oportuno echar á un lado el incensario, para entregarme á la inefable tarea de criticar.

¿A quién, á quiénes? ¡Qué sé yo! A nadie en concreto y á todos en conjunto.... á tí, lector querido, á mí, á todos, en fin, los que tenemos el honor de haber nacido en esta tierra y ser miembros de una raza llena de virtudes, pero desgraciadamente no exenta de defectos, entre los cuales ninguno está á mi juicio tan arraigado como el de la falta de previsión.