Es doloroso tener que confesarlo, pero ¿qué le vamos á hacer? Los cubanos, como nuestros excelentes papás los españoles, somos muy poco prácticos; y esta es la causa de que nos pasemos la vida haciendo todo menos aquello precisamente que debiéramos hacer.

Ese optimismo exagerado que nos ciega, impidiéndonos ver las cosas bajo su verdadero aspecto, ha sido y es la causa principal de casi todos nuestros males; y del mismo modo que los españoles perdieron su imperio colonial, sus soldados, sus buques, sus millones y cuanto tenían que perder, por haberse obstinado en no prestar atención á las reiteradas advertencias que se les hacían, nosotros, sus hijos, no hacemos más que salir de una situación difícil, para caer en otra. Y todo, ¿por qué?: pues, porque lo mismo que ellos, no queremos, ó no sabemos interpretar las señales de los tiempos.

No creo que sea este el momento de depurar hechos para fijar responsabilidades, y no seré yo por cierto quien tal haga, con tanto mayor motivo cuanto que sinceramente creo, como ya dije, que la culpa de cuanto en estos momentos ocurre no puede en justicia atribuírsele á nadie.

Todo obedece.... ¡bueno!, ¡chi lo sa! á que somos así; trátase de una causa ingénita, y hasta cierto punto somos irresponsables.

El convulsionismo—nadie lo ignora—es el más terrible de los males morales que nos aquejan; y lógico y natural sería que mostrásemos empeño en hacerlo desaparecer y en impedir sus brotes.

Por desgracia, hacemos todo lo contrario, y en no pocas ocasiones tal parece que nuestra única misión sobre la tierra consiste en estimular á los revoltosos.

El actual levantamiento de Estenoz, que es (aunque los espíritus pusilánimes lo nieguen) una revolución de negros contra blancos, ha sido posible y casi, casi hasta de fácil realización, porque no hay un solo cubano que no esté plenamente convencido de que en este desgraciado país, el medio más seguro de encumbrarse y obtener lo que se quiere consiste en apelar á la violencia y amenazar. Si una vez constituida la República se hubiera castigado sin misericordia al primero que intentó sublevarse contra los poderes constituídos, el convulsionismo, que aquí como en todas partes es tan fácil de intimidar como difícil de someter una vez que ha estallado, no habría tomado el incremento que hoy tiene, por la sencillísima razón de que todo el mundo, antes de lanzarse á peligrosas aventuras, lo pensaría mucho, por temor á las poco agradables consecuencias que sus diabluras podrían acarrearle.

Son muy numerosos los ejemplos que pueden citarse; pero quiero—al menos por el momento—concretarme al caso de Estenoz. Este sujeto, hombre de escasa mentalidad y que ni siquiera gozaba de prestigio entre los de su clase, ha conseguido llegar hasta donde ha llegado merced á los miramientos y consideraciones que con él se tuvieron y á la importancia que se le dió á raíz de haber iniciado su propaganda racista. Fracasado en aquella ocasión, el gobierno pudo haberse servido de él para hacer un saludable escarmiento, que por lo menos hubiera alejado durante algún tiempo el conflicto en que hoy nos vemos envueltos. En lugar de proceder en la forma indicada, Estenoz, que no era después de todo más que un pobre diablo, se encontró convertido de la noche á la mañana, y sin que él mismo, tal vez, pudiera explicarse la metamorfosis, en todo un personaje ilustre, al que se rendía la innoble pleitesía del miedo, y el resultado fué que él y los suyos, al darse cuenta de que se les temía, cobrasen nuevos bríos y se mostraran cada vez más audaces y decididos, hasta el extremo de no ocultarse ya para conspirar contra los blancos, es decir, contra la inmensa mayoría de los habitantes de la isla.

En Oriente, sobre todo, los trabajos de Lacoste, Estenoz, Ivonet y otros apóstoles del racismo, se realizaban á pleno sol, en la plaza pública, en medio de la calle: todo el mundo estaba perfectamente enterado de lo que ocurría, y es de suponerse que el gobierno central y las autoridades locales también lo sabían.

Esto no obstante, nada, absolutamente nada se hizo para impedir el golpe; los cuarenta millones de cuerpos de policía (todos inútiles y ridículos) que padecemos, aprovecharon la ocasión para dar una nueva prueba de su incompetencia, y los hombres encargados de velar por el sosiego público no se creyeron obligados á mover un solo soldado del campamento de Columbia, hasta que los perturbadores de la paz habían encontrado seguro albergue en las abruptas serranías orientales.