El pequeño poblado de Bayate se encontraba custodiado por unos cincuenta hombres pertenecientes al ejército americano los cuales estaban acampados en la caseta de una báscula de caña en donde tenían extendidos sus catres de campaña con sus mosquiteros correspondientes.
EN CARRERA LARGA
Mucho antes de llegar á lo que fué Carrera Larga ya se divisaba un vivo resplandor que á medida que el convoy se iba aproximando, se convertía en enorme llamarada. Se detuvo el tren y desde el vagón en que viajaba se percibía fuerte calor producido por el incendio de la estación que aun se encontraba ardiendo.
En ese paradero subió al tren un gran contingente de pasajeros de los cuales ninguno traía ni un solo bulto de equipaje. Me aproximé después que el tren hubo partido, á uno de los que acababan de subir al convoy, y á mis preguntas me relató lo ocurrido en los términos siguientes:
A la 1 y 20 de esta tarde se encontraban todos los tranquilos habitantes de este pequeño pueblo ocupados en sus habituales tareas, cuando se oyeron gritos por la parte llamada "El Palmar". Nadie al principio creyó lo que momentos después habían de presenciar. Un grupo compuesto por unos ciento cincuenta hombres, entró en el poblado á los gritos de "¡viva el Partido Independiente! ¡vivan los negros!", produciendo entre los pacíficos vecinos enorme pánico, el que fué en aumento al ver la primera acción de los asaltantes, que fué impregnar con petróleo la estación del ferrocarril, incendiándola después. El telegrafista, que trató de sacar varios muebles de su propiedad fué maltratado por los facciosos, que le propinaron planazos con sus paraguayos. Mientras ardía la estación del ferrocarril, los asaltantes se encaminaron á varios establecimientos, saqueándolos; y después les pegaban fuego por los cuatro costados. La misma suerte corrieron las casas de los blancos: todas fueron asaltadas y robadas y el cabecilla que mandaba los foragidos hubo de amenazar á un joven que se encontraba en la tienda de Fernando Campo, diciéndole que por cada negro que cayese ellos "arreglarían" á dos blancos. Después este cabecilla, que dicen nombrarse Ducauron, ordenó y así se hizo, que fuera incendiada una báscula de pesar caña allí instalada. Terminada esta operación, un corneta dejó oir un toque muy breve que fué la señal de retirada. Todos á una abandonaron la población, no sin llevarse catorce cerdos de una pobre mujer, que estaban en un corral, dispuestos para ser embarcados.
La única bodega que respetaron los rebeldes fué la de Marcelino Gómez, que según se decía en el puebla había dado á los alzados trescientos pesos para que le fuera respetada su propiedad.
No habían transcurrido quince minutos desde que los alzados abandonaron la población, cuando llegó un escuadrón de la guardia rural, el cual se disponía á perseguir á los incendiarios en momentos en que llegaba un tren conduciendo cien hombres de artillería de costas. A uno de los rurales hubo de escapársele un tiro, y la fuerza que venía en el tren—creyéndose atacada—se lanzó del coche y á no ser por haberse adelantado el capitán del escuadrón y advertído á los del tren que era fuerza leal, se hubiera tenido que lamentar una funesta desgracia.
La caballería salió en persecución de los foragidos, regresando al lugar de partida los cien hombres de la artillería. Los independientes siguieron en dirección á las lomas, quemando todas las casas que encontraban á su paso, entre ellas el pequeño poblado de Benito, donde después de emborracharse en las tres cantinas que allí existían, les hicieron correr la misma suerte que al resto de las casas.
Ahora, como puede usted ver, terminó mi comunicante, todos los que habitábamos en "Carrera Larga" y sus alrededores los abandonamos para ir á pasar miserias y penalidades á Guantánamo; pero en llegando allí, como si fuésemos uno, empuñaremos el rifle para vengarnos del inmenso daño que esos foragidos nos han causado.
Hablando en la noche de hoy con el coronel Carlos Machado, comandante militar de esta plaza, me manifestó que las fuerzas americanas que han desembarcado en esta población y que custodian las propiedades extranjeras, obran con la mayor prudencia en todos los casos, limitándose á custodiar los intereses de sus conciudadanos. También me hizo saber que en una reunión celebrada en la tarde de hoy, los veteranos de ésta, en número de cuatrocientos, y sin distinción alguna de razas, le habían ofrecido su concurso, pidiéndole armas para salir á operaciones.