XIII
LA ODISEA DE UN GALLEGO
Era Manuel Ferreiro un laborioso trabajador de las minas de Daiquirí, el cual poseía un carro y varias parejas de mulos, que ocupaba en el transporte de mineral, con lo que libraba la subsistencia holgadamente. Tenía, además, algunos ahorros, que le facilitarían en época no lejana realizar su sueño dorado: regresar á su país natal, para pasar el resto de sus días en una posición relativamente cómoda.
Pero al alzarse en armas los independientes de color y poner en práctica todos los recursos que el estar fuera de la ley les proporcionaba, un día acamparon las fuerzas de Ivonet por las inmediaciones de Daiquirí, y como consecuencia se llevaron todo lo que á su paso encontraron, inclusive las mulas del buen Ferreiro. Este, desesperado por el robo que acababan de hacerle, que constituía todo su caudal y la fuente de sus ingresos, no se resignó á perder sus animales y se dispuso á recuperarlos.
Al día siguiente tomó el camino del lugar por donde los alzados habían salido, y dos días después se encontró con una partida que utilizaba sus mulas como acémilas, para cargar los efectos procedentes de los saqueos de las bodegas y cantinas. Ferreiro rogó, suplicó y hasta llegó á amenazarles para que le entregaran sus mulos; pero todo fué inútil. El que fungía de jefe le dijo que para que sus mulas le fueran devueltas era preciso una orden del "mayor general" Ivonet, sin cuyo requisito nada lograría Ferreiro, que es hombre tenaz, decidió seguir en busca de Ivonet, acompañado de la partida. Entrada la noche, y en momentos que todo parecía encontrarse tranquilo y que todos se disponían á descansar de las fatigas del camino, tuvieron que desistir de su propósito, pues había llegado al campamento un confidente participando que fuerzas del gobierno venían á sorprenderlos, en vista de lo cual, el que mandaba aquella horda, ordenó rápida marcha para ponerse fuera de peligro.
Aquello produjo en Ferreiro deplorable efecto, puesto que de hecho se encontraba en idéntica situación legal que los alzados; y concibió la idea de retroceder lo andado, comunicándole su decisión al generá. Este, que no participó de la manera de pensar del galaico, le obligó á continuar con la partida.
Dos días consecutivos anduvo Ferreiro atravesando montes, durmiendo sobre yaguas en el suelo y pasando mil penalidades, hasta que al fin llegaron al campamento de Ivonet cerca del poblado de Yerba de Guinea. No perdió tiempo Ferreiro, y acto seguido encaminóse al lugar en que le habían dicho que se encontraba el "mayor general", exponiéndole su penosa situación al hallarse sin los mulos y rogándole que se los devolviera, pues ellos eran el producto de muchos años de trabajos y privaciones. Ivonet prometió devolvérselos, y Ferreiro, con la alegría natural del que logra su objeto, se disponía á buscarlos, cuando fué visto por un "coronel" que había sido su compañero de trabajo cuando aun no poseía los mulos, y trabajaba en la colocación de barrenos de dinamita para perforar las galerías de la mina.
Entregado Ferreiro á sus recuerdos de aquella época, fué llamado por el "general", quien le preguntó si sabía manejar los petardos de dinamita, á lo que respondió afirmativamente. Entonces Ivonet llamó á un tal Ducoureau, diciéndole:
"Lleve al señor al lugar en que se encuentra acampada la 'artillería' y dígale á Saborié que he nombrado á este blanco Jefe de la Artillería del Ejército Reivindicador."
Ferreiro quedó confuso, anonadado. ¿Jefe de artillería él, que no sabía ni qué forma tenía una granada, ni jamás había visto de cerca un cañón? No obstante, dirigióse con su acompañamiento sin replicar nada, y después de andar un trayecto como de cuatrocientos metros, llegaron al lugar en que la artillería se encontraba.
Ferreiro no cesaba de dirigir miradas á su alrededor, buscando los cañones que debía manejar; pero éstos no parecían. Los tendrían escondidos ó quizás para más seguridad los habrían enterrado, pensaba el nuevo jefe de artillería.