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Hacía dos días que nos encontrábamos acampados en Guayabal de Yateras, célebre por sus indios y su café. Estábamos sobre el rastro de Lacoste, á quien ya se le habían capturado cuatro acémilas cargadas con víveres, medicinas y otros efectos. A todas horas del día y de la noche salían y entraban en nuestro campamento pelotones de infantería, los cuales se internaban en el monte repartidos en pequeños grupos, buscando al titulado Gobernador de Oriente Eugenio Lacoste. Tal era la activa persecución que se le hacía, que el día 14 recibió el comandante Castillo una esquela firmada por Lacoste, en la cual le manifestaba que estaba incondicionalmente á su disposición; comisionando entonces el comandante Castillo al teniente Estévez para que fuese á buscar al "Tullido", nombre por el cual se conoce generalmente á Lacoste, al lugar en que el que trajo el papel le indicara. Una hora después, y bajo torrencial aguacero, era conducido Lacoste, en una hamaca, atada á una vara y llevado en hombros por los soldados, á presencia del comandante Castillo, quien lo envió á una casa para que estuviera más cómodo. A Lacoste le acompañaban su esposa y una niña.

Al día siguiente muy de mañana emprendimos la marcha de regreso, convenciéndome una vez más del buen espíritu de nuestros soldados y de la resistencia que tienen, pues ninguno daba señales de fatiga, no obstante haber recorrido doce leguas en menos de diez horas.

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A nuestra llegada á Jamaica, la entrada de la población se encontraba materialmente repleta de vecinos que llenos de curiosidad, preguntaban á los soldados "dónde venía el 'tullío'". De todas las casas salían á verlo, y el pequeño pueblecito parecía que se encontraba de fiesta. La importante casa comercial "La Princesa", de González y Hnos., obsequió al comandante Castillo y oficiales con una suculenta comida, celebrando—según allí se decía—el comienzo de la paz, pues Lacoste era el que había armado el revolico.

Al igual que en Jamaica, la villa de Guantánamo estaba animadísima. Hubo necesidad de adoptar ciertas precauciones, pues corrían rumores, según pude enterarme después, de que iban á linchar á Lacoste, á su paso por las calles de la población.

El Cuartel de la Rural, á donde fué conducido Lacoste, estuvo todo el día rodeado de curiosos que deseaban verlo antes de que fuera trasladado á Santiago de Cuba.

Lacoste prestó declaración ante el comandante auditor de la Guardia Rural, señor Sardiñas, quien estuvo durante dos horas interrogándolo.

Ha producido tan buen efecto la captura de Lacoste, que el comandante Castillo ha sido muy agasajado, no solo por sus compañeros, sino por los particulares y el Ayuntamiento, el cual dedicó una velada en su honor. El cuerpo de Bomberos obsequió con una recepción al valiente militar, que ha sabido con exquisito tacto atraerse la confianza y las simpatías de toda esta comarca, que vé en él á su heroico defensor.

Lacoste ha enviado varias cartas á las personas alzadas, recomendándoles vuelvan á la legalidad, pues la protesta armada ha degenerado en guerra y ésta ha fracasado.