La República de Cuba ha escapado de los peligros y la vergüenza de una nueva intervención extranjera, gracias al patriotismo de su pueblo, á la energía de su gobierno, y al heroismo de su brillante ejército.
Ha caído Estenoz, ha caído Ivonet, se han sometido los pocos jefes del movimiento que lograron sustraerse al plomo de las tropas leales; y como consecuencia de tan resonantes victorias ha renacido la paz y va poco á poco renaciendo la confianza.
Necio sería, sin embargo, que adormecidos por la embriaguez del triunfo, olvidáramos los peligros pasados y no adoptásemos previsoras medidas para lo porvenir.
El movimiento estenocista nos ha probado, en primer término, que los negros, á los que tantas consideraciones hemos guardado, son bastante ingratos para combatirnos con las armas en la mano y poner en peligro las instituciones nacionales.
Es necesario, pues, que procuremos evitar á todo trance que vuelvan á las andadas. El gobierno puede impedirlo, y para ello le bastará con organizar un cuerpo de policía secreta nacional, es decir, un cuerpo cuyos agentes (reclutados entre todos los elementos sociales del país) puedan moverse libremente de un extremo á otro de la isla, y ejercer estrecha y constante vigilancia sobre todos aquellos indivíduos á quienes se considere capaces de recoger la triste herencia de los caídos en Micara y Nueva Escocia.
Hecho esto, hay que pensar en la posibilidad de que, no obstante las medidas preventivas que se adopten, puedan los racistas realizar una nueva intentona.
Llegado este caso, planteada nuevamente la cuestión de fuerza, preciso será que dispongamos de un ejército bastante numeroso para atender, á la vez, á las seis provincias; porque no es lógico suponer que todas las revoluciones (racistas ó de otra clase) que puedan ocurrir en Cuba hayan de abarcar una extensión de territorio tan poco extensa como la que, por suerte de todos, acaba de fracasar en Oriente.
Hemos dicho ya, y no nos cansaremos de repetirlo, que si Estenoz, más osado, hubiese tenido bastante valor para levantar la bandera negra en las provincias occidentales, difícil, si no imposible, hubiera sido la tarea de aplastar el movimiento, puesto que el ejército relativamente poco numeroso, habría tenido que fraccionarse.
Se hace, pues, indispensable, aumentar considerablemente el efectivo militar de la República; y como quiera que sería ridículo que un país de tres millones de habitantes contase con un ejército regular de cincuenta ó sesenta mil soldados (cosa que, por otra parte, gravaría enormemente nuestro erario) debe el gobierno pensar con toda formalidad en la organización de las milicias nacionales, tomando como modelo los cuerpos similares que existen en los Estados Unidos, y que constituyen, como es sabido, el núcleo militar más importante de la Gran República.
No hay que temer que las tropas milicianas puedan llegar á convertirse en una amenaza para la paz pública; y no hay que temerlo, en primer lugar, porque aun en el caso de que las milicias de una localidad y si se quiere las de toda una provincia se sublevasen, las de las otras regiones no tendrían motivo para hacer lo mismo; en segundo lugar, porque para sublevarse no bastan los fusiles, sino que hacen falta también las municiones, y éstas, como es lógico suponer, ya tendrían buen cuidado los jefes del ejército de tenerlas á buen recaudo y en sitio seguro, como se hace en Francia con la Guardia Nacional y en los Estados Unidos con las milicias de los Estados; y por último, no hay que olvidar que todos los hombres del mundo (y los cubanos en primer término) por más levantiscos que sean, dejan de serlo desde el momento que visten un uniforme y juran una bandera.