¡Calculen ustedes lo hermosa que hubiera lucido la primera página de La Prensa, con títulos como estos:
El tren Central atacado por Estenoz. Heróica defensa de los pasajeros.—Nuestro querido compañero Fulanito de Tal, fué la estrella de la jornada, y á su buena puntería y control con hombres en bases se debió la victoria.... Ya no desembarcarán los americanos.—Presentación de Ivonet.—Campos Marquetti defiende la Ley Morúa.—Nuestro Corresponsal, con sus disparos de Shrapnell criollo, causó ciento noventa muertos vistos al enemigo y ocupó el dedo gordo del pie derecho de un cabecilla.
Todo esto y mucho más hubiera podido anunciar á mis ansiosos lectores, y para ello habría bastado que un grupo de alzados detuviera el tren.
Pero, ¡quiá!: los alzados no detienen nada, y todas las peripecias de mi viaje desde la siempre fiel á la siempre rebelde se redujeron á tres ó cuatro momentos de pánico, pronto disipado, y á una serie que parecía interminable de escenas cómicas, la primera de las cuales se desarrolló en Villanueva y la última en la estación de esta ciudad.
En el andén de Villanueva, desde una hora antes de la salida del tren, se advierte inusitada animación. Los viajeros y los curiosos se saludan, se confunden, forman grupos, hablan y discuten sobre los sucesos de actualidad, y hay momentos en que todos, hasta los bulliciosos maleteros, parecen héroes.
Héroes he dicho, y tengo que hacer una pequeña aclaración: en estos momentos de prueba, todo el que adquiere un boletín de la Habana á Santiago, es un valiente por los cuatro costados.
Sin duda por esta causa, son muchos los que hacen el viaje hasta la Ciénaga ó Luyanó, después de despedirse de amigos y familiares con los ojos arrasados por las lágrimas, y gritando desde la plataforma que telegrafiarán, en cuanto lleguen á Songo.
A las diez en punto, y en medio de un silencio sepulcral (ese silencio solemne que precede á todos los hechos terribles ó heróicos) se pone en marcha el tren, y apenas se deja á retaguardia la Quinta de los Molinos, empiezan los viajeros á identificarse.
Un caballero de aspecto pacífico y eminentemente mercantil es el que primero rompe el fuego, con estas palabras, que nos dejan sorprendidos.
—Ahora que se han suspendido las garantías constitucionales, van á saber esos pillos lo que es bueno.