—Hay que dar mucho machete, prorrumpe otro amable sujeto haciendo un gesto terrible, capaz de hacer presentar á Ivonet.
El reporter (futuro corresponsal en campaña) aguza el oído, y se dispone á la interview.
—¿Fuma usted? pregunta sacando la tabaquera y ofreciéndola á uno de los belicosos interlocutores.
Este y su compañero (el del machete) aceptan el obsequio; y ya el periodista se regocija pensando que tiene que habérselas con dos héroes que viajan de incógnito, cuando sus aguerridos compañeros de viaje le manifiestan que solo van á Matanzas.
—¡Cómo! ¿Nada más?
—Pues, ¿qué creía usted?
—¡Hombre! yo me había figurado que ustedes irían por lo menos hasta La Maya.
Desde aquel momento, ni el reporter ni nadie vuelve á hacer caso de esos dos bobos que solo van hasta Matanzas.
Porque la calidad de los pasajeros del central se mide en estos dias por la distancia que van á recorrer. Uno que se queda en Jovellanos, no vale gran cosa; el que llega á Santa Clara tiene más derecho á la admiración de sus compañeros y los que pasan de Camagüey son unos valientes. Ni que decir tiene que los que declaran con solemne acento que el término de su jornada es San Luis, el Cristo ó el propio Santiago, son los amos del tren. Para éstos se reservan todas las atenciones, todos los agasajos, todas las demostraciones de afecto.
—¿Ves ese hombre gordo?, dice un marido á su mujer: tiene que ir á La Maya.