—¡Ay, el pobre!, exclama con tono doliente la señora.

Por lo demás, las primeras horas del viaje son bastantes divertidas, sobre todo para los coleccionistas de armas de fuego.

—¿Lleva usted revólver?—pregunta un pasajero á su vecino.

Y el interpelado, que no desea otra cosa que exhibir su 44, saca del cinto un enorme Bulldog, sucio y descuidado, con el cual, según afirma, peleó muy duro en la escolta de Máximo Gómez. Esta primera demostración armada es la señal; y pronto todos los viajeros agitan en sus manos revólvers y pistolas de todas clases.

—Esta belga de setenta tiros, dice uno, es capaz de acabar con una partida de negros.

—Ríase usted de pistolas automáticas, exclama otro; no hay arma más fija que esta.

Y se pone á apuntar á derecha é izquierda con un Colt.

—Papá, yo tengo miedo!, grita un niño.

—El conductor interviene y todos los "escupe plomos" vuelven á sus fundas.

Es consolador, ensancha el corazón y levanta el ánimo el aspecto marcial y la resolución que se advierte en todos los pasajeros.