No hay uno entre ellos, que no desee tropezarse con los alzados, "esos canallas, miserables, traidores, que no pagan ni fritos lo que están haciendo".

Lo malo es que aquella actitud y este lenguaje solo prevalecen hasta que llega el tren á Camagüey. En ese lugar, bien porque la horrible comida que se sirve en la estación haya deprimido los ánimos, ó bien porque empiece á sentirse la cercanía del peligro, el caso es que las lenguas enmudecen.

Y pasan estaciones: Guarina, Mambí, Palo Seco... empiezan á notarse síntomas de inquietud, que va en aumento, hasta que, al llegar á Alto Cedro, que es donde empieza la "zona peligrosa" solo se oyen frases de prudencia, de igualdad política y social, de boberías entre cubanos, etc., etc.

Los viajeros blancos encuentran justificada, hasta cierto punto, la protesta de Estenoz, "porque caballeros, después de todo, no hay que olvidar que los negros pelearon mucho".

Los que más belicosos se habían mostrado entonces, empiezan á decir que ellos se lavan las manos, y no faltan quienes esconden el pistolón, la belga ó el Smith and Wesson, "porque no conviene que lo cojan á uno con armas encima."

Por su parte, los viajeros negros, que saben lo de las garantías y no ignoran que se acercan también á la zona del peligro, declaran á voz en cuello que Estenoz é Ivonet son un par de sinvergüenzas.

Se sale de Alto Cedro. ¡Qué momento! Se apagan las luces del tren. Los soldados de la escolta se forman en línea de batalla junto á las ventanillas; la locomotora marcha á paso de tortuga...

Llegamos á San Luis, y renace nuevamente la calma; en San Luis está Mendieta con su columna, y también está Capmany, el héroe de Yarayabo, irreprochablemente vestido de facineroso.

¡Por fin! ¡¡Santiago!! La bella Santiago, como la bella Habana, no ha perdido su aspecto normal. Para mí, que estuve aquí hace dos meses en misión sportiva, solo presenta un cambio: que todos mis amigos, los "igorrotes", á quienes encontré en mi viaje anterior armados de bates y pelotas, pasean ahora por las calles, con camisa azul y pantalón de kaki, llevando el fusil al hombro...

Los bates han desaparecido; las pelotas no. La capital de Oriente ha sido siempre notable por su desmedida afición al base-ball...