Hoy entramos al Alcázar por una puerta construída en tiempo de Felipe V, que choca por su sencillez. No hallamos esos atrios dilatados ni esas plazas ó campos de maniobras que preceden por lo regular á los palacios mahometanos, y en cuyo espacio se recibe á los embajadores, se revistan las tropas y se celebran las solemnes festividades; pero en cambio se halla el terreno preciso que servía para los guardias, juzgados públicos y oficinas de la servidumbre. En la residencia de los sultanes de Ispahan, después de pasar la irregular planicie que precede á los alcázares, se entra por un sinuoso camino abierto entre casernas de guardias negras, departamentos de caballerizas, cocinas y albunes que habitan los alcaides de los diversos recintos encastillados.
En Argel y Tlemecen se ve lo mismo, y en la Alhambra hemos tenido que ir á investigar con grandes dificultades lo que nos ha dejado el tiempo y el Palacio del Emperador. Se encuentra á mano izquierda de la entrada un jardín, ocupado en parte por el palacio de Machuca, nombre del que planteó los cimientos del edificio cristiano, por haberlo habitado, según consta de un reconocimiento facultativo hecho por Ojeda, que vió y obró este patio árabe, por ruínas causadas en sus muros. En él, según Mijares, estaban los talleres, delineaciones y aparejos de los trabajos escultóricos para las dos fachadas del alcázar de Carlos V, y era abierto por el costado de Poniente, porque lo indican así los cimientos que hallamos, demostrando que abría paso al zaguán y puerta que hemos descubierto en 1867, como entrada principal de la más antigua parte del alcázar sarraceno.
Levantando parte de la solería de la capilla contigua á esta entrada, hemos visto cimientos de obra árabe, que debían constituir en esta estancia uno ó más cuartos de recepción, donde estaban las dos salitas pintadas de azul y oro que cita Mármol, y por las cuales se pasaba á las dos chemas ó mezquitas, cuyos restos se ven hoy todavía[149]. Todo lo cual se confirma por el octuwan que hay entrando por la puerta antigua al patio nombrado hoy de la Mezquita, por las formas de sus fachadas, el alero, el corte de los muros y el movimiento de los tejados para derramar las aguas; datos interesantes que justifican la existencia del Mexuar, del cual formaba parte el referido patio abierto de Machuca.
En 1526, Navajero describe el patio del Estanque como el primero que encuentra, y Mármol nos explica un patio más pequeño con dos salitas muy decoradas y una fuente que debía abastecer las demás del palacio. En una de estas salas, dice, daba el monarca, según costumbre mahometana, audiencia á sus súbditos. De modo que se entraba, según dicho autor, por muy cerca de la sala de Embajadores, que cita como la primera que visitó, la principal. Este patio pequeño no puede ser otro que el llamado hoy de la Mezquita, por no haber local donde suponerlo, pues la inclinación del terreno adquiere aquí de repente un desnivel de cuatro metros y no deja lugar para poderlo trazar en ningún otro lado. Entraron, pues, aquellos viajeros, por nuestra antigua puerta á ese pequeño patio, en el que había una fuente y dos salas pequeñas á uno y otro lado, en las cuales se administraba justicia.
Sobre el lintel de esta antigua entrada hay una inscripción tallada en madera, que dice así:
«Oh tú, auxiliador del trono excelso y guardián de su figura ó maravillosa construcción, abre la puerta esplendente y hermosa por la obra y por el artífice para la alegría del imán Mohamad. Cúbralos á todos Dios con sus favores».
Cuya leyenda revela harto bien el importante objeto de esta entrada del antiguo palacio.
Desde fines del siglo XV hasta principios del pasado se entró á la Alhambra por este paraje, con la sola diferencia de que después de colocado el altar de la Capilla, á principios del XVI, se siguió ingresando por una puerta inmediata que existe más pequeña en el vestíbulo mismo donde sitúa la grande, resultando así una porción de estrechos é irregulares callejones que era necesario atravesar para introducirse en la casa de los sultanes, como refiere Hugo de Cesárea que vió cuando fué al Cáiro á visitar al emir, donde halló muy estrechos y sinuosos pasadizos, poblados de guardias y esclavos, antes de llegar á los anchos patios y pórticos, y como se cuenta también de los palacios de Javarnak y de Sedir en el Hiram.
Todavía en nuestros tiempos, y según relatos de los viajeros de Persia, los palacios de origen sasanida aparecen completamente velados en su exterior por una multitud de pequeños y mal ataviados edificios, entre los que nadie puede sospechar que se guarde la entrada de los lujosos aposentos que habitan los monarcas.