En esta elegante mezquita es donde debemos estudiar los innumerables recursos del arte árabe, que tomó crecimiento en España cuando el estilo bizantino por sí solo ornaba con sus caprichosas lacerías las formas atrevidas de los arcos cruzados de las hornacinas y de las claraboyas, combinadas en esbelta distribución. Obsérvese el del santuario, con cuatro preciosas columnitas y sus capiteles admirablemente esculpidos; el trazado por arista de las curvas adoveladas, revelando el origen de aquella trasformación que oriunda de Persia se modificaba en Egipto, y se levantaba en nuestra Península con rasgos positivos de su remota ascendencia. En las impostas de este arco se lee, después de la salutación de costumbre, «que el Pontífice príncipe de los creyentes Al-Mostanser Billar Abdall Al-Haken mandó al jefe de la cámara Giafar ben Abd-el Rhamán añadir estas dos columnas, etc., y que esta obra se concluyó en el año 965»; de lo que se deduce que en el antiguo Mihrab sólo había dos, y que en la restauración del templo se añadieron las otras.
El interior de todo el monumento se divide en 19 naves, elevadas unos 30 pies, y siete más que se alzaban para el caballete de la brillante cubierta de tejas de colores con que terminaban[15]. Se cruzan á éstas 35 naves, cuya anchura varía de modo, que produce diferencias en las alturas de los arcos. Como las columnas son de desproporcionadas dimensiones, sufren los arcos y pilares muchas diversas medidas é irregularidades, que no podríamos admitir en las clásicas construcciones romanas. Los fustes también cortos, crearon la necesidad de superponer arcos en busca de más altura, cuyo sistema fué seguido en otras partes sin este motivo, á pesar de la opinión de Girault de Prangey. Eran las columnas 1.419, según autores antiguos, pero hoy, difíciles de contar, exceden muy poco de 850. Su labra fué hecha sobre diversidad de jaspes, procedentes de Cabra, Sierra-Morena, Loja, Cádiz, Elvira y quizá de tierras lejanas, pues procedentes de Italia hay muchos en la región andaluza, semejantes á las de esta mezquita, cuyos orígenes parecen remontarse á los tiempos románicos ó visigodos. Lo mismo puede decirse del estilo de los capiteles, variado á lo sumo, casi todos de decadencia latina, impropios del paraje que ocupan, toscos unos, delicados otros, y casi siempre dignos de los tiempos anteriores.
Capitel (primera época).
Cubrían estas naves almizates de alfardas de pino pintadas de rojo, negro y blanco; canecillos donde descansaba otra serie de alfargias cerradas con planos pintados de labores bizantinas, y el todo un colgadizo que resistía el peso de la teja vidriada y anchas canales de plomo para conducir las aguas á los vertederos exteriores.
Pueden hoy verse los fragmentos de estas obras, y debemos añadir que por más alerce que se suponga, ni esta madera se conoce con el distintivo que le dieron los historiadores, ni hubo otras clases empleadas en construcción, que el pino, el peralejo y nogal, que hoy testificamos en los monumentos musulmanes de España.
El pavimento antiguo no existe, y podemos sospechar que no fué de mármoles, porque algunos restos se encontrarían; ni de mosáicos, porque esta industria no se había abaratado aún para emplearla en todas partes, como algunos siglos después. Debió ser, según los hallados en Iliberis, de ladrillos cortados y azulejos de un solo color, alternando en fajas para formar alicates y comarraxias. Sabido es que carecían las columnas de basas.
Detrás del coro moderno se ha descubierto una pared vestida con decoraciones de rombos, á manera de los tímpanos del patio de los Arrayanes de la Alhambra, en cuyas hojas y ornatos germina la forma espiral que se manifestó más tarde en aquel monumento. Nótese un arco en cuyo frontal hay escudos con tres fajas y banda tirada por dos cabezas simbólicas, y uno con un puente y torres defensivas. Estas labores, que podemos llamar de estilo granadino, se repiten en otros dos arcos del interior, y están en relación con las de la capilla de Villaviciosa.
Pero volviendo á las primitivas obras de este templo, debemos fijarnos especialmente en lo más sublime, que es la Kaaba ó altar santo, donde se veneraba el libro del Profeta. Es de tres capillas admirables y más todavía la del centro: mármoles labrados de fantasías bizantinas, mosáicos de cristales y colores, talcos de oro, hermoso arco central de forma igual á los de las puertas exteriores, takas sin arco como aquéllas, inscripciones cúficas en mármol sobre fondo azul, arcos decorativos y sobre ellos una serie de hornacinas en los ángulos, que, dividiendo la estancia en ocho lados, salen de ellos conchas y pechinas para cruzarse en una estrella singular, donde brillan los mismos mosáicos de cristal y comarrajias persas de su frente. Riquísima y elegante decoración, que no ha sido jamás imitada.
¡Admirable estructura que no se ha movido en once siglos de existencia! Las dos capillas laterales no son, en verdad, menos hermosas, aunque menos ricas, y sus techumbres de bóvedas cruzadas, son bellas y sorprendentes como las más bellas del mundo.