Generalife: Antiguamente existía la comunicación directa entre la Alhambra y este palacio, por la Puerta de Hierro y una senda angostosa que hay enfrente, abierta entre líneas de rojos murallones que se hicieron para sostener el terreno inclinado. Una puerta árabe primorosamente labrada de jáiras y alicatados, hoy en desuso, que se halla en el jardín bajo de este sitio de recreo, da paso, subiendo una estrecha escalera, al vestíbulo del dilatado patio que precede á las escasas habitaciones que conserva de los tiempos agarenos.

Se dijo que el Generalife fué mandado construir por el príncipe Omar, cuya vida, sabido es, fué un puro deleite. Así lo hemos creído hasta muy recientemente que se ha presentado un berberisco con documentos árabes bastante comprobados, en los que aparece que esta casa había sido construída por un cautivo, al cual se la arrebató el Sultán traidoramente para su recreo y esparcimiento. La fundación será, pues, del tiempo de los Zeiritas, á juzgar por estos antecedentes.

La palabra Generalife ha sido interpretada como Casa de placer ó de recreo, Jardín de la Alegría y Huerta del Zambrero, por los festines que en este sitio se celebraron[166]. La naturaleza domina en él y el arte en la Alhambra, ha dicho Washington Irving, y esto es tan verdad, que aunque se hallan á cada paso vestigios del arte mahometano, el que lo visita se inclina con preferencia á mirar desde sus corredores ó pasillos el hermosísimo panorama que ofrece la Alhambra en su conjunto, contemplada casi á vista de pájaro. La puesta del sol en los días de invierno, cuando el horizonte se cubre de trasparentes púrpuras, hace encantador este sitio, desde el cual se divisan tres términos panorámicos, igualmente sublimes: la Alhambra y su recinto en primer término, la población con sus huertos y torres en segundo, y en el fondo la vega almenada de remotas montañas bañadas de tornasoles.

Aparte de su deliciosa situación y de los jardines cuidadosamente asistidos, es deplorable que continúen cubiertos de cal los preciosos arabescos de la galería y pórticos, y que no se haya hecho más que una ligera restauración en la espaciosa antesala cuya estructura es tan hermosa y elegante. El antiguo mihráb, hoy capilla, el pórtico de cinco arcos de gusto decadente, la galería citada, la tarbea del centro y algunos esparcidos detalles de las torres y pasadizos, dan completa idea de un monumento donde la minuciosidad destruyó la grandeza, y en el que prolijos y delicados adornos entretienen la monotonía de un claustro rebajado y poco esbelto, semejante á los de las construcciones subterráneas de los panteones siriacos.

Frente al eje central de todo el edificio por donde corren aguas abundantes, y pasados el pórtico, el vestíbulo y nave trasversal, hay una preciosa torrecita algo modificada en su carácter, desde la cual á derecha é izquierda se entra en dos salas sencillas, adornadas con numerosos retratos más ó menos interesantes y en su mayor parte copias.

En una se hallan los de Aben Hud Almotuakel, rival de Alhamar I, y tronco de una estirpe de donde descienden todos los demás personajes que aquí se representan. El de Aben Celim, infante de Almería; el de Cid Hiaya, nieto de Jusef, bautizado en Santa Fé por los Reyes Católicos con el nombre de Don Pedro de Granada; el de su hijo Don Alonso I y su esposa Doña Juana Mendoza; el del hijo de éstos, Don Pedro II; el primogénito de éste Don Alonso II, el descendiente Don Pedro III, y el de Doña Catalina de Granada que casó con Don Esteban de Lomelín.

Claustro de Generalife.

En la otra sala están los retratos de los Reyes Católicos, los de Doña Juana y Don Felipe el Hermoso; los de Felipe II é Isabel de Portugal, esposa de Carlos V; los de Felipe III, Felipe IV, mujer de éste, y el de una dama; el del Gran Capitán, aunque en nada parecido á los que conocemos de este personaje; y cuadros de armas, de carabelas y cartas genealógicas. Repasando por las habitaciones moriscas, debemos ocuparnos de algunas de sus inscripciones, no haciéndolo de todas, porque muchas son motes y salutaciones piadosas que hemos hallado en la Alhambra.

En un friso de la entrada junto al techo de la galería, hay en caracteres africanos una sura del Korán, la 48 desde el vers. 1.º hasta el 10.