«Jamás deje de permanecer en perpetua ventura entre la luz de la recta senda y la sombra de la fe».

La planta del patio largo es puramente de la época primera que se descubre en Córdoba, Sevilla y Toledo. Así, pues, la suposición de que Omar Al-lahmi construyera á Generalife, debe estar fundada en que hizo alguna reconstrucción como la que se cita.

Luego hay otras inscripciones alkoránicas (sura 2.ª, vers. 256) y algunos vestigios de un poema que cita Echevarría; pero hoy están tan mutiladas, que no se han podido traducir con verdad.

Subamos al patio de los Cipreses, donde nada hay artístico, pero se halla en él aquel famoso ciprés de la sultana calumniada por los caballeros rivales de los Abencerrajes, trágicos amores de Aben-Amet, el cual, dícese, fué sorprendido por el rey cuando se hallaba en libianos amoríos, según hemos referido en otro lugar.

Más arriba se vuelven á ver jardines y una preciosa bóveda de laurel, hasta llegar á las glorietas llamadas el camino de las Cascadas, todo lo cual hallamos casi en la misma forma que nos describió Mármol en el siglo XVI.

Después hay un mirador moderno, de mal gusto, pero de vistas excelentes[171].

Silla del moro, darlarosa, los alixares y contornos.—Saliendo por el sitio más alto de Generalife se ve primero el acueducto que surte la Alhambra con las saludables aguas del río Darro. La altura que alcanzan éstas, tomadas del río á poco más de legua y media de distancia, demuestra la inclinación que tiene el lecho de aquél en tan poco trecho. Más altos, en la misma montaña, hay indicios de haber existido otro acueducto que surtía por medio de norias los palacios de los Alixares, Darlarosa y otros.

Del lado de las tapias de Generalife se hallan restos de murallas, cimientos, albercas y aljibes, donde aún se conservan los nombres de Peinador de las Damas, Palacio de la Novia, Albercón del Negro, etc.

Subiendo al cerro á cuyo pie están construídos estos notables vestigios, se ven los cimientos de un fuerte llamado hoy La Silla del Moro. Á alguna distancia, siguiendo la cumbre, se encuentran muros de baluartes y torres con un profundo pozo construído de arcos de ladrillo, por cuyo fondo se hacía pasar el agua de la acequía ya citada, y más alla está el Aljibe de la Lluvia, que es una buena construcción hecha para recoger las aguas de las vertientes, donde se hallan restos de estanques y edificios, con azulejos y mármoles esparcidos en la tierra.

Toda esta montaña tenía el nombre de Cerro de Santa Elena hasta el barranco de las Tinajas, donde en tiempo de los árabes se construían alcatruces ó tubos de arcilla cocida, de los que se han conservado muchos todavía en nuestro tiempo. Al lado de un albercón y cerca de la noria de 160 pies de profundidad, situada en lo alto de la montaña, es donde suponen los cronistas la existencia de un palacio árabe, con jardines suntuosos y preciosas estancias. No hay datos positivos para asegurar ni para negar este supuesto, que ha llegado hasta nosotros por tradiciones más ó ménos verosímiles de los últimos momentos de la dominación agarena; sin embargo, no dudamos que existía en este sitio, entre la Silla del Moro y el Aljibe de la Lluvia, el Palacio de Darlarosa. Hemos seguido, acompañados de nuestro ilustrado amigo el Sr. Eguilaz y de otras personas dignas de crédito, un sendero que sirve de división ó término de un trazado á la espalda de la Silla del Moro, en la dirección de la Noria, y hemos visto copas ó macetas para flores, tejas y ladrillos de fabricación morisca que no pudieron traerse á este elevado paraje sino para adornar un sitio de recreo. Llegamos, subiendo ligeramente, á un estanque de cuarenta y cuatro pasos de largo y nueve de ancho, con unas cuatro varas de profundidad y muros de siete pies de grueso. Uno de los cuatro lados está derruído y sus fragmentos han servido para construir otros cimientos que se cruzan con los antiguos. Algunas ligeras excavaciones nos han descubierto otros pedazos de muros quebrantados, un conducto de agua y millares de ladrillos, algunos de ellos esmaltados por sus aristas. No dudamos, pues, de la existencia del Palacio de Darlarosa y del cultivo de todas estas montañas, pero al mismo tiempo estamos persuadidos de que en la conquista debía hallarse casi abandonado y tan ruinoso que no llamara la atención de los conquistadores.