En tiempo de las rebeliones de los moriscos, los soldados de Don Juan de Austria se albergaron en las ruínas citadas para aguardar á los rebeldes, y más de una vez fueron éstas testigos de horribles algaradas.
Los Alixares.—No queremos dejar de referir aquí lo que se ha escrito sobre el Palacio de los Alixares. Mármol, Pedraza, Navajero, Marineo Sículo, Martínez de la Rosa, Alcántara, etc., dan por seguro que había un palacio de este nombre en la cumbre del cerro. Si así fué ó no, este palacio lo han confundido con la fortaleza que hay hoy arruinada, y que se demolió para quitar este albergue á nuevos y por entonces temidos levantamientos de moriscos. Si nos viésemos obligados á situarlo, lo haríamos á la falda del Sur, cerca del cementerio, donde hay estanques que no se sabe si eran los de la fortaleza citada, ó los del alcázar muy afamado en aquellos tiempos, de los Alixares, que daba vista al Genil y al Darro, á la Alhambra y Generalife á un mismo tiempo.
De cualquier modo, aquellos historiadores se referían á lo que había existido, no á lo que ellos vieron. Los romanceros posteriores escriben que Don Juan de Castilla preguntaba en la Vega á un cautivo:
—¿Qué castillos son aquellos
Altos son y relucían?
—El Alhambra era, Señor,
y la otra la Mezquita;
los otros los alixares,
labrados á maravilla.
Navajero y Mármol dicen: que á la espalda de este cerro del Sol y á la derecha de la Alhambra, se miraban sobre otra altura los Alixares[172], dando vista á las frondosas riberas del Genil y á la amenísima vega. Esta descripción es defectuosa, porque la derecha de la Alhambra no es lo mismo que la espalda del cerro del Sol, pero ambos historiadores ofrecen la seguridad de aproximada exactitud en lo que refieren, y nosotros, acompañados por una comisión de la de Monumentos de la provincia, pasamos á buscar los restos de que tanto se ha hablado. Seguimos la dirección de la cumbre de la montaña hacia el Aljibe de la Lluvia, y por lo que descubrimos, sostendriamos que este era el sitio de los palacios de Dar-Alarusa ó Darlarosa, y que los Alixares debían hallarse en otro lugar. Con efecto, descendimos otra vez hacia donde hoy se halla el cementerio, y á su derecha, vueltos hacia la Sierra Nevada, subimos á una pequeña altura ó punto avanzado sobre el valle del Genil, desde donde se descubren hermosas vistas del lado también de Sierra Elvira, lo cual concuerda con el texto de la historia de las guerras granadinas, y con el pasaje referente á la belleza de las cúpulas de los Alixares, que se descubrían desde la citada Sierra.
Al construir el cementerio se deshizo un acueducto de atanores de piedra, que hemos visto, y que á manera de sifón conducía el agua desde una grande alberca que hay en el cerro opuesto, hasta el estanque de los Alixares cuyos restos se ven todavía. Nosotros hemos hallado pedazos de mosáicos y de mármoles.
Se ven muy bien montones irregulares de tierra de los hundimientos de los muros, cimientos y piedras colosales para sostener el terreno por el lado de la vertiente del río, cuyas piedras allí llevadas desde mucha antigüedad, habrán dado origen al nombre de Alhichar que tenía el palacio. Hemos visto también en un manuscrito, á propósito del reparto de los capitanes que se alojaban en las torres y castillos de la Alhambra, y con motivo de acuartelamientos, que un tal Don Álvaro López vivía en los Alixares con diez guardias lanceros, de los doscientos que en muchas ocasiones se asignaron á la defensa del real sitio.
Sabemos también que toda la falda del cerro donde se encuentran estas ruínas, extendiéndose hasta la cerca de Casa Gallinas[173], se titula en las escrituras de las fincas rurales la Dehesa de los Alixares, que es un testimonio más de la existencia de monumento tan notable, que un romance morisco describe así:
En los castillos dorados
de los ricos Alixares,
crecerán las yerbecillas,
y se anidarán las aves
en las pintadas labores
de sus paredes de encaje.
Una tradición nos cuenta que por todos estos cerros se ocupaban más de cuatrocientos esclavos, la mayor parte cautivos, en lavar las arenas de sus arroyos, para buscar el oro que se halla en diminutos granos esparcido por la tierra. Estos esclavos del monarca producían cada uno el valor de cinco reales diarios, y se dice que los adornos dorados de los palacios, son todavía aquel purísimo oro que se extraía del río, y el cual va al lecho arrastrado por los aluviones que vienen de las montañas.