El arte de cincelar los metales es una prueba clara de lo que exponemos. Nada más sorprendente en su género que esos trabajos á buril de las armaduras cristianas, antes del renacimiento; trabajos que se extendieron por la mayor parte de Europa, donde se ven lujosísimas armaduras fabricadas con los ornatos árabes levemente modificados por el gótico, las incrustaciones de oro y plata embutidas en el hierro con pasmosa perfección, que no se hallan iguales de anteriores épocas, todas hechas en las fábricas de Toledo, Valencia, Sevilla, etc., y de manos de los artífices instruidos en estos incomparables centros del arte árabe, únicos florecientes en aquella época.

Y cuando de tal modo se extiende su influjo, es ocioso referir lo mucho que sobre su literatura y poesía han escrito eminentes orientalistas, sosteniendo la existencia de toda una literatura aljamiada extraordinariamente difundida, que cuenta obras maestras procedentes de aquella civilización cuyos prodigios se están revelando todos los días.

Una consecuencia muy legítima del elevado estado de las artes en todas sus ramificaciones, es el magnífico aspecto de los jardines que rodeaban los pintorescos palacios de la sierra de Córdoba, los de Guadamar, de Ruzafa, de Said, y tantos otros que nos pintan las seductoras casidas de la poesía arábiga. La ciencia de trazar los edificios se hermanaba con la de arreglar los jardines, alinear las plantaciones y combinar el aspecto de los vegetales para producir decoraciones hasta cierto punto arquitectónicas. El desarrollo que en tiempo de Luis XIV tomó en Francia la idea algo antiestética de imitar con los arbustos los órdenes greco-romanos, las columnatas, arcos y bóvedas, tenía más antiguo origen; y aunque los normandos en Sicilia habían dado muestras de ello, es indudable que en los jardines andaluces se hacían decoraciones del mismo género, con la diferencia de que éstas, tomadas de una arquitectura más delicada y menos severa, produjeron verdaderos oasis de sin igual encanto, cuyas reminiscencias se notan todavía en algunas comarcas de este bello país.

Sin que tratemos de ocultar el interés que nos ofrece el parque moderno, hermosa ostentación de la más vigorosa naturaleza dominada por la inteligencia del hombre con el constante auxilio de la máquina, tiene su belleza relativa la simetría reguladora de aquellos jardines, que ondeaban pabellones como arcos estalactíticos; que recortaban en los cipreses remates y obeliscos imitando alminares; que tejían las hojas trepadoras con los vistosos encañados remedando los azulejos de sus palacios; que hacían grutas á manera de templos, y cruzaban arcos de ramaje como los arcos de piedra de la mezquita de Córdoba. Es un error suponer monotonía en esta clase de jardines, cuando lo que se nota es un refinamiento exagerado, demasiado deseo de subordinar las galanuras de las flores á curvas, líneas y trazerías fantásticas, que ofrecen un peculiar encanto en aquellos países donde el campo todo es un verjel frondoso, especie de parque silvestre que tal vez no necesita del cuidado del hombre para compararse con los de las antiguas ciudades romanas y bretonas. El jardín simétrico, hecho como los de Andalucía, sin que se mezcle el estilo demasiado severo y fastuoso que se nota en los palacios de nuestros reyes construídos con posterioridad, ofrece indudable belleza, cuyo origen hay que buscarlo en las descripciones de los poetas orientales, ó cuando alguna fiel imagen de ellos hallada en modestas casas de nuestro país, nos obliga á reconocer sus encantos.

Hemos visto en el perímetro ocupado por los restos del antiguo palacio del Chapiz[45], removiendo el suelo de un dilatado patio, la antigua traza de un jardín con estanque en el centro surtido de juegos de aguas, arriates y márgenes á manera de laberinto; las glorietas y asientos de mosáico de gruesa labor formada de piedrecitas de colores, y algunos restos de figuras enlazadas con grandes letras formadas de arrayanes. No es, pues, tan distante de aquel gusto lo que todavía se construye alrededor de los palacios modernos; y ni las figuras hechas de jazmines, ni las doncellas de flores, ni los asientos de enredaderas y hiedra de la famosa pila de Almanzor, fueron creaciones de la poesía, sino hechuras del arte, que alcanzaba á todo lo que podía halagar el sentimiento de aquellas ilustres generaciones.

Muy apasionado debía ser á la música y cantares el pueblo que construyó la Alhambra, por más que este arte viviera todavía tan en la infancia como entre los antiguos pueblos de Oriente; pero no debemos buscarlo con ese espléndido lujo de armonía y de instrumentación que le vemos hoy, sino que considerado como el más dulce, tranquilo y misterioso lenguaje del corazón, la canción árabe es quizá la más tierna y expresiva que se oyó en la edad de las rudas fatigas y de las belicosas al par que insaciables ambiciones. No conocemos canciones españolas anteriores á la época árabe, y á las que contamos posteriores les damos aquella procedencia, porque los viajeros que recorren las costas africanas oyen entre los moros los mismos cantos de Andalucía, la misma cadencia, el aire reposado y el eco sentencioso de las preciosas cantinelas que aún se conservan entre nosotros. Alguna música recogida al oído con motivo de la reciente campaña de Africa, y que hemos tenido ocasión de apreciar[46], tiene mucha semejanza con las gallegadas y el zorzico, cosa que nos ha sorprendido extraordinariamente, infundiéndonos la sospecha de si estos cantos fueron tomados de los españoles, lo cual es muy posible, sin que por esto dejemos de conocer que toda la música de aquellos pueblos es completamente andaluza, llena de la inspiración, originalidad y galanura que todos le reconocen.

Dados á la música y al baile, los árabes recuerdan los trovadores de la Provenza y la existencia de los juglares que invadían las calles sin otro modo de vivir que cantar y herir sus instrumentos de cuerda, cuero y madera, entre recitados, para entretener á los ociosos de las plazas públicas. Conocidos son también los regalos que recibían de los reyes aquellos que cantaban con perfección, á juzgar por la historia del cantor Zirjab, que Ab-de-Rahmán II hizo venir de Bagdad á Córdoba. Escritos hay libros teóricos sobre este arte, y el que se hizo de cantares andaluces para competir con los de Persia da buen testimonio de que no estaba descuidado este precioso don, grato solaz del alma humana[47].

Y ¿cómo había de estarlo?... Por más que se separe en el dominio de su manifestación la música de las demás artes, ha seguido con ellas la ley de las transformaciones sucesivas. Cuando más portentoso fué el espectáculo dado por aquéllas, más notable fué también el amor ó el sentimiento de admiración por la música en todos los pueblos de la antigüedad, hasta la aparición de los grandes maestros. Coincide siempre con la arquitectura más que con la escultura, y mucho más que con la pintura la simpatía por el lenguaje del sonido; parece como que una y otra sacan de la imaginación sus formas lejos de la realidad; ambas combinan líneas, espacios ó tiempos, con lo cual se produce simetría y euritmia, y los sonidos apoyándose en el número y la cantidad, producen también la expresión viva de los sentimientos, más profundidad en variedad infinita de imágenes; como la arquitectura, apoyándose en la masa inmóvil y pesada, crea lo mismo que aquél una forma real, confusa, indefinible y vaga, de emociones simpáticas, existiendo, pues, en ambas una misma cualidad, aunque la esfera de acción en la música y arquitectura se extienda en distintos horizontes. Es lógico que los pueblos que tanto se extasiaban con el conjunto de formas imaginarias; que querían hallar sobre los paramentos de los palacios la multiplicidad que se combina y se deshace y vuelve á renacer como ondulaciones de colores que no se palpan, como las estrellas que cien veces parecen aumentarse en número, tuvieran predilección por el sonido de tal modo manifestado, constituyendo la esencia y la existencia de otro ser oculto, abstracción pura y sencilla que se aleja de nuestro modo de ser práctico, y nos revela una segunda naturaleza más moral y elevada que la que nos sujeta á la tierra.

Aquel pueblo lleno de emociones íntimas, de agudos sentimientos, tuvo, pues, pasión por la música. Hizo en este arte lo que sus predecesores, que ya habían inventado el acorde y la armonía y pulsaban arpas y cítaras; pero les excedieron en lo sentencioso del canto y en el acento de la pronunciación musical. Así es que no hay canciones que hieran más el sentimiento que las que se conservan en el pueblo andaluz, canciones muy antiguas, las cuales se perpetuarán por largos siglos, y serán escuchadas siempre con profunda emoción.

El ornato del edificio, como el acorde, son dos cosas que se explican y se razonan del mismo modo: cuando la obra está terminada no se puede preguntar al artífice por qué pone sobre el tímpano ó en las cornisas molduras innecesarias, y éstas las interrumpe para establecer un cuerpo más realzado de construcción que acusa otro género, porque no sabría contestar razones concluyentes y absolutas. Lo mismo diremos de la música. En uno y otro arte, aunque tan diversos ligeramente mirados, no hay más que la medida, que la regla, que lo regular y compasado; la confusión, el desorden, la irregularidad destruyen la obra. Es en la simetría de la forma donde ese arte encuentra más identidad con los demás efectos de la belleza, y por eso al citar este brillante período del genio sarraceno, no podíamos prescindir de un recuerdo á esas dulces melodías que se inspiraban en el voluptuoso encanto de los alhamíes, en el murmullo de las fuentes que se deslizaban al pie de los divanes, y en la agradable y dulce contemplación de los sombríos aposentos matizados de brillantes colores.