La uniformidad, la simetría que se exije, está en otra parte; allí, pues, vamos á buscarla.

Penetramos en todo monumento árabe por una torre avanzada ó por entre dos torres, excepto en los edificios que sirven de habitaciones á las familias, en cuyo caso se reemplazan por un pequeño ingreso cuadrado, portal inútil entre nosotros, que vemos con frecuencia en las antiguas casas de Andalucía. Una sala larga y estrecha corta el eje perpendicularmente, y de aquí parte la distribución á las dos alas del edificio. Por el encuentro de ambos ejes se halla la entrada, á cuyo frente se descubren siempre esos efectos de perspectiva que son tan fantásticos en estas construcciones. Siguiendo el ingreso, se halla un patio con estanque y fuentes, graciosas y ligeras arcadas á las dos cabeceras ó lados cortos, pues estos patios son cuadrados; y tras de la segunda galería, siguiendo por el mismo eje central, naves cuadrilongas que se suceden hasta la última, donde se halla la más hermosa, alzándose majestuosamente por encima del edificio y descubriendo sus cúpulas ó almenas en los anchos y ondulantes reflejos de las aguas de los estanques. Las demás salas de una casa de este género, según su rango ó grandeza, estaban colocadas en pequeños pabellones de los costados largos de los patios, tan desarregladas á veces en su decoración como las tiendas de campaña en un campamento turco. Y si estos costados se encuentran hoy alineados y cobijados por líneas monótonas de aleros mudéjares, indicado está suficientemente que era el genio del conquistador cristiano el que los transformaba con la severidad de la línea recta, no permitiendo cúpulas, crestas ni agujas, que según el gusto moderno de una escuela intolerante, interrumpen la decoración.

Fuera de esta planta, absolutamente clásica, que podemos asemejar al asta larga de una cruz cortada á varias distancias por brazos perpendiculares y paralelos unos á otros, de diferente longitud, no hallaban los árabes españoles medio hábil de levantar sus edificios, de modo que disminuyendo ó aumentando los brazos del eje en cuanto lo exigían las dependencias de los más extensos palacios, nunca se salieron de este sistema en cualquier punto donde los pudieron construir; simplificáronse, en verdad, reduciéndose hasta construir las casas sencillas con un portal, un patio y una sala, con sus enclaustrados sobre pilares de madera que daban acceso á cuartos aislados hechos por fuera del cuadrado del muro de circunvalación. Así, pues, no es extraño hallar el muro del patio y galerías más grueso que los exteriores de las naves laterales, que parecen haberlas arrimado después al amparo del centro. En los barrios antiguos de las ciudades árabes todavia se encuentran estas casas, cuya reminiscencia hemos hallado en los patios del Albaicín[50], y cuyas formas se aceptaron por las costumbres cristianas, nunca variando la planta, sino sobreponiendo un piso y algunas torres, necesarias á la higiene en aquellos climas cálidos. La influencia del Renacimiento poco tiempo después, dotó al arte de todos sus extravíos, le prestó el ornato de grutescos y bichas en las portadas, en frontispicios de balcones y en los artesonados y escaleras con almizates; pero obsérvese bien: siempre la misma planta, el origen morisco, un principio clásico de sencillez que encanta, que nos hace hoy mirarlo con amor y con envidia, porque quisiéramos verlo en las construcciones modernas si el espíritu de nuestra sociedad se prestara á recibirlo con algunas ligeras modificaciones.

Esta es la regularidad de la Alhambra, y no lo que creyeron los clásicos del siglo último, con sus fachadas, sus ángulos y su conjunto recto en el más absoluto significado de la palabra. Las ruínas que hallaron, los escombros muchas veces abandonados por el más bárbaro desdén en una época que merecía olvidarse, se prestaron á las interpretaciones más absurdas. Muchas veces dió lugar al error la formación de esa especie de cemento ú hormigón durísimo usado por los árabes y compuesto en su mayor parte de la misma grava cuarzosa del terreno, formando un conglomerado artificial con el que se engaña la atención no muy experta del que viene por primera vez á hacer indagaciones arqueológicas. Las vetas y capas de cristalizaciones recientes que se manifiestan siempre que se hace una excavación, persuadieron de que eran cimientos de edificios destruídos, que convenían perfectamente á tales suposiciones.

Los monumentos de la Alhambra aparecen en cierto desorden, como arrojados á la casualidad, levantándose en pintoresca confusión, extendiéndose entre espaciosos jardines, alternando los más notables y espléndidos para los reyes, con los menos ricos para las mujeres predilectas, los numerosos hijos y los cortesanos. Obsérvase, sí, cierto paralelismo en los ejes centrales de dichos edificios cuando sus estancias principales están abiertas en las torres que flanquean los cercos de muralla, y entonces están como adosados á ellos y perpendiculares á las líneas de muro ó fuerte, resultando precisamente como los radios de una elipse abrigados por el circuíto más ó menos regular de la fortaleza; regla que es constante, excepto cuando se acumulan construcciones alrededor de una principal, en cuyo caso los mismos ejes cruzados en naves perpendiculares se multiplican hasta constituir este singular conjunto del alcázar, con un aparente desorden en el todo, y una tan marcada unidad en sus secciones ó partes, que al parecer se aislan como para dar morada cómoda á familias diferentes.

LA ALHAMBRA EN EL SIGLO XV

En 1867 publicamos el resultado de nuestras investigaciones sobre la verdadera forma de la Alhambra en los siglos que la dominación de los árabes y esplendor de la corte granadina habían llegado á su apogeo, y antes de que la reconquista cristiana verificara en ella las transformaciones que la despojaron de ese carácter primitivo que aun en el día le imprime un peculiar aspecto, confundiendo géneros y estilos de diversas artes que nunca guardaron conexión ni semblanza.

El resultado de aquellos trabajos y los realizados posteriormente, nos han puesto en camino de abordar algunas cuestiones sobre las diversas épocas de su construcción.

En primer lugar, la Alhambra era ya en los tiempos romanos una pequeña población antiquísima, según se atestiguó en el año 1829, por haberse hallado cerca de una cruz que hizo colocar el año 1530 el conde de Tendilla, un considerable número de sepulturas de aquella época, que se descompusieron como muchas otras al abrir el arrecife del centro, las cuales no podían tener otra procedencia que del arrabal ó suburbio, quizá de judíos, que había en este valle; cuyo dato está en consonancia con las inscripciones góticas halladas después de la dominación sarracena, y la tradición sobre la cueva de Nata que apuntan todos los antiguos historiadores.

El fundador de la dinastía Nazarita construyó un segundo recinto á la Alhambra, por no ser suficiente el primero para defender todos los edificios que contenía; lo cual demuestra evidentemente que en tiempo de la insurrección de los waliatos, existían ya en lo alto de la montaña roja fuertes castillos de importancia en toda su extensión, aparte de los nombrados Torres Bermejas que se citan particularmente desde el siglo VIII; y que estas fortificaciones se hallaban unas en el costado Norte de la Alcazaba, cuyos restos existen todavía, otras en las mismas alamedas actuales por bajo de la Puerta de los Carros y Bosque, y otras en la Huerta de San Francisco y Secano. Si Alhamar construyó el segundo recinto que se cita en las crónicas árabes, flanqueado de torres y murallas y dilatándolo hasta Generalife, fué porque existía una población en todo el collado antes del establecimiento del último reino granadino, es decir, al finalizar el siglo XII; y debía ser población muy antigua, porque la existencia de algunas inscripciones romanas que tan repentinamente se han citado, y la grabada en una piedra blanca que no es procedente de la Sierra de Elvira, sino de las canteras que hay entre Alhama y Loja, ofrecen alguna prueba, tanto sobre la proximidad de la histórica Iliberis como sobre lo que se ha dicho de la antigua Garnata, cuya población ocupaba en nuestro concepto el morisco barrio de la Antequeruela, de la cual podría ser un arrabal. Hay, pues, datos suficientes para creer que antes de la dinastía Nazarita había un pueblo sobre la cúspide del cerro, y un castillo que se llamó de Aben Giafar, nombre que tenía la torre de la Vela en tiempo de los árabes, y á cuyo pie se encuentran los vestigios de construcciones más antiguas, quizá del siglo VIII. Aquel pueblo ó suburbio estaba también fortificado y tenía su puerta, que es la que después se conservó con el nombre de Puerta del Vino, aunque modificada por árabes, la cual fué luego incluída dentro del mayor y más fuerte recinto de treinta y siete torres, que según un legajo con el número veinticuatro del archivo, se contaban en esta fortaleza á principios del siglo XVII[51].