Situada en la cúspide de una colina, que se escogió como lugar seguro y defendible, á la usanza de la Edad Media, quedó aislada y ceñida por una línea de fuertes murallas y robustas torres que flanqueaban sus puertas, en tanto que las rápidas vertientes de sus escabrosas faldas se abrieron á una lozana y frondosa vegetación, cuyas raíces debían asegurar el terreno y hacer más estables las atrevidas construcciones de la cima. Las aguas, que ingeniosamente se sangraron al Dauro para conducirlas á aquella altura y alimentar los estanques, baños y aljibes, se abandonaron por las naturales vertientes de la montaña, y produjeron esos fantásticos bosques que se han hecho proverbiales en todo el mundo. En el espacio cerrado por las murallas, levantaron el alcázar, las mezquitas, el harem, las oficinas públicas y las opulentas viviendas de una numerosa corte; entre la fortificación y sus almenas se alzaban minaretes labrados; el arte bordó sus principales estancias; los preciosos arabescos se prodigaron por todas partes y el lujo de la comodidad y del deleite dió mágico encanto á todo este singular conjunto.
Su recinto todo, con los citados bosques y jardines, es lugar sembrado con los despojos de doce siglos; bello por el arte y por la naturaleza, donde ambos elementos se han combinado maravillosamente para producir un contraste que convida á la meditación y al estudio.
En el lado Norte, y como recostados sobre las murallas y torres del circuíto, se levantaron los diversos edificios que constituían la morada de los reyes Nazaritas, extendiéndose ilimitada é irregularmente por aquéllas, y ocupando un espacio interrumpido por dilatados jardines y estanques, muchos de los cuales han desaparecido por el desdén ó el abandono.
Construídos casi todos después de la conquista de los Almoravides, y por lo tanto al estilo llamado morisco, ofrecían en su planta las diferencias, originadas de la desigualdad del terreno, lo cual daba á su aspecto una estructura particular no parecida á la del pequeño Alcázar Al-Motacid de Almería, ni á la Almunia de Valencia, ni á Dar-us-Sorur de Zaragoza, ni al de Almamú de Toledo, que fueron levantados en lugares llanos y espaciosos. Bajo la formidable envoltura de sus fuertes y elevados baluartes, se abrigaba uno de los mayores prodigios del arte musulmán, y colocado en la cumbre de una montaña, á semejanza de los castillos feudales que poblaban la Europa en los siglos medios, tenía toda la sencilla magnitud de los de Oriente, engalanado con la belleza que le presta el más delicioso paisaje que España podía ofrecerle, y á lo que debió quizá el que desplegara el lujo de decoración y peculiar estilo de florecimiento sin rival entre los innumerables palacios construídos por los primeros kalifas.
Con efecto, próximo á la misma época, los Seleukidas, en sus correrías al Imperio Bizantino, construían edificios del estilo árabe, decorando sus paredes de inscripciones y sentencias, á semejanza de los antiguos monumentos asirios, sin que ese geométrico ornato llegase allí á ser tan ostentoso y rico como en los alcázares españoles. En aquélla región los monumentos ofrecían la diferencia de coronarse de cúpulas, revistiendo la forma exterior más simétrica y armoniosa, mientras que aquí esos mismos alcázares se cubrían de plataformas almenadas en líneas regulares, cuyo motivo pudieron estudiar en los monumentos egipcios y en los cartagineses que dominaron antes de pisar nuestro suelo. Allí las plantas de las basílicas griegas, de los templos himaritas y de las construcciones salomónicas; aquí los accidentes de las fortalezas romanas y fenicias que habitaron los godos y ocuparon los guerreros invasores, primera concepción de sus almunias y palacios. Allí ornamentaban los exteriores como la mezquita de Brusa, con exquisitos mosáicos de mármoles de colores; aquí esta misma decoración tuvo que concretarse á las puertas de sus fortalezas, dejando para el interior de sus grandes patios la mayor parte de esta clase de esculturas, y únicamente se conservó aquí el sistema de colocar el harem y patio cuadrado delante de las mezquitas con los minaretes separados del cuerpo de éstas, como en Córdoba y Sevilla, dejando el resto de sus construcciones velado por las formidables murallas de defensa.
Así, pues, los que visitan los alcázares sevillanos y los jardines fastuosos que hoy se conservan, recuerdan las fortalezas de Bajecid-Ylderin sobre la costa de Asia y el castillo Cortagargantas del Bósforo, cuya situación sobre una planicie, conserva mejor el espíritu de sus primitivas construcciones; pero en Granada y en igual período, debemos remontarnos al arte musulmán, resultado de la fusión entre árabe y bizantino, que se ve muy ostensiblemente en Samarcanda y en Kesch, donde los monumentos de Tímur están fraccionados entre torres y patios decorados con basamentos de porcelana y jardines con viaductos que los comunican, á semejanza de los que aquí se ven; obras inspiradas por las costumbres asirias, pero con la notable diferencia de que las bóvedas de colgantes no se habían insinuado con la galanura y uniformidad que se manifestó entre los otomanos y egipcios modernos, hasta formar, como en la Alhambra, las enormes cubiertas de estalactitas de una perfección sin rival. Es preciso recordar la Persia para hallar estas facetas de cristalización que importaron al Imperio de Oriente, y que tuvo su origen en la más antigua mezquita de Yspahan del siglo IX, donde se construyó una cúpula compuesta, como éstas, de otras más pequeñas que se multiplicaban indefinidamente. En la Alhambra el arte árabe es, pues, más genuínamente persa; se separa de las obras griegas del Imperio Otomano; se conserva mejor en todo el período de la invasión africana, y viene hasta á reproducir las grandes portadas con medias cúpulas de estalactitas, y los monumentos de formas cuadradas y octógonas que hay en medio de los jardines, como mausoleos, llenando los espacios con las construcciones ligeras que se ven apoyadas sobre delgadas columnas, y sosteniendo miradores cubiertos de persianas, desde donde las mujeres asistían á los espectáculos que se celebraban en los vestíbulos.
El palacio de la Alhambra no se descubre aún después de encontrarse el observador en la cúspide de la misma montaña sobre que se halla construído. Es necesario contemplarlo desde el Generalife ó el barrio antiguo del Hajarix para apreciarlo en su verdadera extensión, pues que no se hallan en él las espléndidas fachadas de los palacios cesáreos; pero en cambio su interior nos ofrece una numerosa variedad de cien arcos diversos, desde la ojiva al túmido, al de segmentos y de contralóbulos, al de arranques prolongados y rectos, última modificación gótica, al de colgantes, semicircular y de herradura, que es, en fin, verdadero festón cerrado, cuya curva se ensayó en Bizancio y se copió en Venecia para ser olvidada y hallarse de nuevo en Cairo, Túnez, Fez y en nuestro suelo.
Es el clima frío y lluvioso de esta comarca, lo que ha impreso á la arquitectura un aspecto diferente de la que se construyó en Teherán hacia el siglo XIII. Los colgantes de la Torre de Rages son los de la Alhambra, pero más informes; los arcos del Puente de Hasan y mezquita de Tauris son ondulantes como el de la entrada de Lindaraxa; el Puente de Mianek y sus contrafuertes, como el de Cubillas antes de su restauración; las murallas de Cabul con torres redondas son como las que se suponen fenicias en la Alcazaba antigua del Albaicín; las almenas piramidales y las puertas de esta población son iguales á las de Candahar, y por último, en el sepulcro de Baber se recuerda la Sala del Tribunal con sus arcos apuntados, y en el de Mahmud en Chazna, los arcos aperaltados de las Salas de Abencerrajes y Dos Hermanas; de modo que por razón del clima y necesidad de la guerra, el arte árabe manifestado en la Alhambra con las tradiciones persas y bizantinas tiene más idealismo oriental que europeo, menos semejanza con el que se manifestó en Córdoba y en Sevilla, es original por tradición y superior á cuantos hay del estilo mahometano.
Con tales recuerdos vamos á penetrar en él y á estudiar su planta. No tratemos de buscar en ella la inflexible línea ordenada de los monumentos greco-romanos, ni la simetría de los patios como los del Escorial, ni la forma cuadrada como los tableros de damas á que asemejan los edificios después del Renacimiento: aquí está el arte de la conveniencia con sus fórmulas más naturales. En la casa del árabe se refleja su vida, se sospechan sus deseos, y se siente su lascivia; varía en tantas formas y proporciones como es inconstante en el uso de un refinado sensualismo. Al lado de una habitación cuya grandeza no igualó nunca la espléndida majestad de los cuartos romanos, hallamos el alhamí estrecho y un pasadizo no más alto que la estatura humana. Mírese con detención el plano adjunto y se verá que no hay una puerta medianamente grande para entrar al Patio de los Leones, mientras las hay de las más hermosas y elevadas para dar paso á un pequeño diván que apenas puede contener el ajuar de una persona. En casi todos los edificios importantes de otros estilos se hallan las partes relacionadas con el todo, pero aquí ¿qué relación hay entre el Patio de Arrayanes y el de la mezquita; entre éstos y el de los Leones; entre los techos estalactíticos de las Dos Hermanas y el artesón de lados planos como facetas de un diamante de la Sala de Embajadores? Aquí una gigantesca cúpula y una torre levantada como cabecera del gran patio, con un ingreso central é imponente; pero el todo sin una puerta de decoración exterior, guardado en el fondo de edificios sin ostentación de la fachada, sin lujo, sin un magnifico ropaje de rico ornato que envuelva las preciosidades engarzadas en sus rincones y entrecijos. ¡Cómo se adivinan entre sus muros las costumbres peculiares de raza! El árabe heróico y majestuoso, el árabe meditabundo, el árabe cariñoso y galante, el árabe cruel y tiránico; para cada virtud y para cada vicio de su existencia hay una forma, un lecho, una especie de urna para abrigarlo y contenerlo. Estudiemos los edificios de nuestra civilización moderna y veamos si pueden definirse del mismo modo.
En la parte que se conserva hoy había tres palacios distintos, según algunos viajeros del siglo XVI, que dicen existían dos alcaides al uso del tiempo de los moros, los cuales guardaban dos palacios. Mármol tuvo noticia de dos; pero tenemos datos que asignan las mismas razones á la existencia de otros y una real cedula[74] que dice: «Póngase un alcaide ó capitán en cada uno de los alcázares de la Alhambra,» lo cual prueba que éstos eran muchos. Pero aparte de otras consideraciones, tenemos á la vista la planta donde se ven tres construcciones adyacentes, formadas la una por los números desde el 45 hasta el 59, la otra por lo que comprenden los números del 1 al 8 y del 40 al 44, y la tercera desde el 9 al 38. Obsérvense estos tres grupos y se hallará que no corresponden absolutamente en sus líneas de muros, ni en sus centros, ni en las dimensiones de sus cuartos, ni en su forma y disposición, y que cada uno constituye un edificio aislado que satisface las necesidades de aquellos tiempos, y que no tienen relación tampoco en el género de sus adornos, como indicaremos.