El período árabe en España, aunque poco alejado, reviste siempre la forma fantástica, y por esto nos explicamos cuánto la poesía ha oscurecido la concepción de muchas obras, que en el análisis práctico y el estudio estético ocupaban un lugar preeminente. Véanse, si no, las descripciones fabulosas de los antiguos alcázares de Córdoba, cuyos vestigios son sin duda menos delicados que los que hay todavía patentes en Sevilla y Granada: la taza de pórfido llena de azogue ó de plata viva, como lo llamaban los Arabes; las alfombras tejidas de oro y seda con dibujos de flores y animales, que parecían verdaderos; las perlas regaladas por el Kalifa de Bagdad, que estaban embutidas en los artesonados del palacio; las figuras humanas traídas por el griego Almad, que se colocaron sobre la fuente cincelada en Siria; los arcos de marfil y ébano, ornados de esmeraldas; y columnas de cristal de roca; y las puertas de cobre y oro; creaciones fantásticas que no expresan menos el lujo y esplendor de la época y la influencia avasalladora que tuvo sobre los cristianos, que el respeto é interés que produjeron entre los escritores cuando creían que hablaban de su propia y genuina civilización. Siempre oiremos esos cuentos con orgullo, como los ecos de la historia de la patria, como los acordes que vibran en el corazón cuando nos sentamos á oir las glorias de los tiempos pasados contadas por nuestros abuelos.

Cuando se contempla la catedral de Córdoba y la Alhambra de Granada, muchos se inclinan á creer aquellas maravillas; pero ¿acaso es preciso que haya perlas en los techos, oro en las alfombras y plata en las fuentes para que distingamos lo que existe de misterioso, de tranquilo, de dulce, en la capilla del Kalifa de la djama de Córdoba, en la sala de Embajadores de Sevilla y en el patio de los Leones de la Alhambra? El arte no consiste en la materia. Hoy sin brillo y sin colores, estos edificios ¿tienen menos belleza artistica que la que expresan las descripciones de los poemas que bordan sus murallas? No necesitamos de la fantasía oriental para dar la importancia que se merecen estas obras incomparables.

El arte se desarrolló en España de una manera singular, y adquirió formas y significado propio. Ya en el siglo XI los artistas estudiaban el dibujo geométrico y las matemáticas en las escuelas de Córdoba, Sevilla, Toledo y Zaragoza, tomando la práctica necesaria de la construcción, al lado de sus maestros; y éstos habían introducido en el antiguo estilo bizantino reminiscencias góticas y latinas que trasformaron el gusto verdaderamente musulmán hasta tal punto, que nunca se habían visto los tímpanos calados en formas romboidales como principal ornamento de estas obras. Ni los Almohades ni Almoravides introdujeron nuevos elementos de la Mauritania para adelantar las artes, superiores á los que ya se habían desarrollado en la Península. Los Arabes poseían un carácter original y tradiciones puras de la antigua patria; con ellas habían invadido medio mundo y llegado á nuestras costas: nuevas impresiones modificaron su bello ideal artístico, y ante ellas, sin abandonar el recuerdo de aquella tradición, hicieron las obras que engalanaron sus escritores ó poetas. Probado está por Ebn-Said[9] que las provincias andaluzas, reunidas entonces al imperio de Mahgreh, enviaban toda clase de artistas á Yusuf y á Yacob-el-Mausur para construir edificios en Fez, Rabat y Mansuriah, y añadía aquel historiador: «Es bien notorio que esta prosperidad y esplendor de Marruecos se ha trasportado á Túnez, donde el Sultán construye palacios y planta jardines y viñas á la manera de los Andaluces. Los alarifes eran nacidos en estas tierras, lo mismo que los albañiles, carpinteros, azulejeros, pintores y almadraveros[10]. Los planos fueron copiados de los palacios andaluces, etc., etc.» De donde se deduce que no existió nunca la influencia morisca, y que el arte vivió en España y se desarrolló poderosamente con un gusto peculiar, rico y sin semejante por la delicadeza del arabesco.

Es irrecusable el testimonio de autores contemporáneos para demostrar que el estilo denominado morisco por los artistas del Renacimiento, no lo fué nunca y menos en los últimos tiempos de la dominación agarena, y que esos detalles que admiramos por su riqueza y florecimiento, las bóvedas y hornacinas de colgantes, los festones de los arcos, las comarraxias y alicates, fueron obras españolas más finas y delicadas que las del Oriente. El germen nacido en la Arabia fué trasplantado felizmente al suelo de España, en el cual desplegó esa hermosa flor cuyo perfume se aspira durante setecientos años.

El primer ejemplo permanente de aquel desarrollo está en la mezquita de Córdoba, la cual revela á primera vista la fatalista inspiración que le dió existencia. Su planta es casi la reproducción de los templos hebreos que copiaron los ismaelitas. Interminables galerías paralelas comunicadas por arcos superpuestos y cubiertas de oscuros artesonados, donde brillaban algunas estrellas por el reflejo del luciente pavimento, que recibía la luz y claridad de sus repetidas puertas; un bosque de columnas, que á duras penas parece que sostienen los robustos pilares y múltiples bóvedas, cuyo pavoroso conjunto exalta la mente del mahometano, y entristece hoy las ceremonias solemnes de la religión cristiana: es el arte antiguo que goza del espíritu de las Catacumbas; pero que se forma en el desierto donde perdía en esbeltez lo que ganaba en su base ó extensión, y que debía albergar á la numerosa caravana que esperaba refrescarse en sus fuentes artificiales, y estanques labrados en los patios sombreados con palmeras, naranjos y limoneros. No recordemos el arte cristiano en San Pedro de Roma ni en Estrasburgo, etc., para hacer insensatas comparaciones, porque en este caso la djama hablaría la elocuencia de la perfección simbólica. Estudiemos los primeros pasos de un arte que se anuncia en nuestro país por tales concepciones, y que inspira horas de recogimiento á los más escépticos ó descreídos: ataviemos la gran mezquita con los ornamentos de brillantes colores y oro; hagamos arder sus 113 lámparas con 20.000 luces; llenémosla de creyentes vestidos de los más pintorescos trajes, que con profundo orden murmuran su rezo melancólico y repetido; y llenad todavía las naves de los patios de una multitud silenciosa; veremos si esa hermosa mezquita del siglo VIII tendría muchas rivales, y si aun hoy no nos trasporta su vista á los grandes acontecimientos de nuestra antigua civilización muslímica.

En Córdoba tenemos frente á frente las obras de dos grandes pueblos, árabe y romano; es fácil comparar. Aunque para distinto objeto, el puente, sus torres, las murallas, ¿son acaso más imponentes que las líneas derechas y flanqueadas de cubos coronados de almenas, las puertas, los reductos, el mihrab, y las obras todas que quedan del arte árabe? ¿No están los despojos romanos sirviendo en la mezquita para sostener los almizates y artesonados? Los pilares, mitad románicos y latinos, con sus capiteles contrahechos y su decadencia manifiesta, ¿no están denunciando otra civilización inferior á la muslímica? Mejor labrados se hallan los capiteles imitaciones greco-romanas, hechos con el cincel de los árabes. Quizá éstos cuando hicieron la mezquita les habrían dado tanta corpulencia como á los del Cairo Damasco y Kufa, si no se hubieran propuesto aprovechar las columnas románicas; pero la influencia de estos materiales se hace sentir demasiado en la construcción para que la pasemos desapercibida á la vista del más antiguo de sus monumentos.

II

Cuando suspendemos nuestra mente contemplando esa magnífica obra que despierta recuerdos desconsoladores, porque queremos vivir la vida de todos los pueblos que nos han dejado tan elocuentes testimonios del ingenio humano, vagan siempre alrededor recuerdos de iguales obras levantadas en lejanos países, sin que el tiempo, ni la distancia, sean un obstáculo insuperable al estudio de comparación que en estos momentos nos preocupa. Cuando se visita la Alhambra, las ideas históricas permanecen encerradas en un estrecho recinto, sobre el que se alzan alcázares, donde las escenas del harém, de las pasiones, de las crueldades y de las envidias se habían asociado para producir un poema simpático á las almas sensibles y á los corazones apasionados; mas cuando llegamos por primera vez á distinguir aquellos lienzos interminables de murallas, que apenas se pueden limitar entre el monótono aspecto de la campiña de Córdoba, y las inflexibles líneas horizontales de las llanuras que atraviesa el Guadalquivir, la imaginación no está sólo en España, sino que visita con pasmosa seducción las más lejanas tierras donde hay mezquitas almenadas como castillos, sepulcros cubiertos de alicatadas techumbres, y palacios pintados de franjas rojas y azules en medio de poblaciones desiertas, silenciosas, y entre casas á manera de tumbas.

Córdoba parece todavía una ciudad del Desierto; su aspecto nos recuerda á Bagdad ó á Damasco; sus casas solitarias, bajas y silenciosas, parecen los menacires del Edén musulmán, y hasta sus edificios cristianos son tristes como la soñolienta vida de sus fundadores. Parece un pueblo arruinado por el quietismo musulmán; pero este mismo es el carácter de las obras en la Siria, en el Yemen, cuyos ejemplares se reproducen entre cientos de millones de creyentes y en la mitad del mundo.

En Enna, Siracusa, Taormina, tenemos también ejemplos. Invadida la Sicilia al fin del siglo IX por los normandos, el espíritu de destrucción acabó muy pronto con los escasos monumentos que allí se guardaban; pero en contacto con el Oriente, los habitantes de la isla participaban del genio que Belisario les infundiera, menospreciando lo poco que dejaron las pasajeras dominaciones góticas. El arte, pues, revestía completamente líneas armoniosas y sentidas, ornamentadas por la profusa combinación de grifos y acantos tomada á las artes cartaginesas; y después que el primer Conde de Sicilia, hijo de Tancredo, arrojó á Griegos y Árabes y se aprovechó de los alcázares construídos por estos últimos, alojándose especialmente en el palacio de Ziza, fué tal el extremo de raras modificaciones, de mezclas extravagantes, de caprichosas abstracciones y fantásticas ideas que produjo el copioso arsenal de objetos artísticos que allí había, que bien pudiéramos entrar en interminable discusión comparando tan interesantes fragmentos, á los que casi con idéntico origen se nos presentan en Córdoba y Toledo. En Sicilia los normandos restauraron y desfiguraron aquellos edificios, y en España se dejó ver no pocas veces la impresión de molduras góticas sobre paramentos arábigos, y el arte ojival alterando las curvas originales de los arcos de herradura. Ambos ejemplos, muy semejantes en su desarrollo, y que han alterado profundamente el carácter de las construcciones orientales, han dado lugar á que arqueólogos franceses y alemanes, á despecho de la verdad histórica, no hayan concedido al palacio de Ziza, ni á las viejas mezquitas del Cairo la originalidad de los arcos quebrados, cuya forma se insinúa suficientemente en algunos pequeños ajimeces que á manera de claraboyas se hallaban en Italia, y aún se ven indicadas entre las reparaciones de los edificios cordobeses.