No tenemos la menor duda de que el primer período que levantó las construcciones cuyos restos vemos en Toledo, Córdoba, Sevilla, etc., en Palermo y en toda Sicilia bajo los emiratos de Hassam y Aboul Kasem, en el estrecho palacio de la Cuba, en las mezquitas de Tulum, en Cefala y en los alcázares sasanidas, es semejante en todas partes y lugares, razonado y aplicado en la misma forma y estilo, con ligerísimas variantes, demostrando que en el arte árabe español de los siglos VIII al XII no se hallan modificaciones profundas, sino accidentales, y que es necesario buscar el desarrollo y propia inspiración del arte árabe de España en los últimos siglos de la dominación sarracena.
¿Qué es, pues, el exterior de la gran mezquita de Córdoba sino una mole interrumpida por macizos cúbicos, ni más ni menos que como las murallas y baluartes de todo el Oriente, coronados de cresterías tan simétricas como prolongadas? Pues no otra cosa es el aspecto también de los castillos considerados normandos y de fundación árabe, cuyas fachadas están aparejadas de arcos simulados sobre ventanas caladas de diversas medidas, labores entresacadas con ladrillos vidriados, y coronamientos de anchos frisos con caracteres karmáticos. En todos, la antigüedad del imperio griego con modificaciones arábigas, primer período de un arte que arraiga en diversas regiones y se acomoda á todos los temperamentos; que sufre oscilaciones, hasta ofrecer en un mismo edificio la bóveda ojival, los arcos adovelados, los nichos cerrados por una concha, y otros detalles, que no podemos citar aquí sin ejemplos prácticos. Esos resaltos de piedras especulares, que se ven en los apilastrados y en las planchas de algunas puertas, y que se asemejan á los casetones de los monumentos judíos, revelan algo del original hebráico; un tanto de ese prurito de cubrir de talcos y piedras rojas, azules y verdes que vemos en aquellas épocas de lujo desatentado, en las que preferían el brillo deslumbrador de los vidrios y cornerinas, al agradable y simpático ornamento de flores, hojas y frutas que reviste el arte en las épocas posteriores.
En la gran mezquita de Córdoba se halla la unidad bizantina, grandeza, recuerdos del poderío islamítico de España, esplendor de los Kalifas y profunda fe, supuesto que levantaron un templo para desafiar las magnificencias paganas; pero habían de realizarse después tales adelantos y tal florecimiento del arte, sin perder su grandeza, que la gran mezquita de Occidente llegaría á olvidarse ante las grandezas de la Alhambra. El progreso civilizador de cien waliatos independientes, el trato caballesco con los pueblos enemigos, el cultivo de la poesía, la traducción de las obras filosóficas alejandrinas, las púrpuras del imperio desgarrado por esta raza invasora, no fueron bastantes á cambiar el sentimiento artístico que debía producir el claustro, artesón y minarete de las construcciones de los siglos XII al XV.
Son menos escultóricos los plastones de hojas picadas y las espirales erizadas de puntas, que adornan las enjutas de los arcos en las puertas exteriores de la Catedral de Córdoba, que los enlazados de cintas y letras en forma de florones geométricos, producto caleidescópico que siempre será simpático á la vista, y que desde los antiquísimos mosaicos, es un adorno que admite el culteranismo del arte lo mismo en el gótico, que en el latino y que en el renacimiento. Creemos que es más bárbaro el ornato compuesto de objetos de la naturaleza cuando éstos son amanerados, recortados y simétricos en su desarrollo, que el ornato que francamente se separa del natural, huye del mágico encanto de las hojas rizadas ó encorvadas á capricho, y se envuelve en el laberinto ilimitado de las lineas geométricas, enriqueciéndose con el oro y los colores, y afinándose hasta producir una confusión á través de la cual la imaginación cree ver cuanto sueña, y se extasía agradablemente en un deleite imponderable. Admitimos que carecen de sentido común los dibujos de los encajes de las telas persas, y de tantos otros como se ven en los pergaminos antiguos, á pesar de su encanto; pero, ¿tienen más sentido natural, más verdad, los adornos de bichas, delfines, niños alados, mónstruos, flores y aristas ó tallos que confusamente se prodigan? ¿No hay en el adorno de cosas de la naturaleza, en piedra ó madera, tela ó pintura, una impropiedad que se rechaza instintivamente, á que no nos acostumbramos sino á fuerza de uso, y es la imitación servil de objetos que nacieron, no para la simetría, sino para la armonía, y que son por esta razón antiestéticos, impropios de la construcción ó combinación matemática de los duros materiales de que se forman? En el edificio, el ornato menos lógico, quizá el más extravagante, el que ni es flor ni hoja, ni cuerpo imitado, ni línea, ni curva determinada, pero que tiene de todas estas cosas, y que en resumen afecta contenerlas á todas ellas, éste es siempre el más bello ó el más fastuoso. No puede, pues, establecerse que el ornato, al perfeccionarse en el arte árabe y hacerse más geométrico, perdió en ello importancia y belleza, y fuera por esto mismo menos digno de atención que esos extraños floripones y tallos exageradamente robustos del estilo bizantino, que decoran los antiguos monumentos árabes de Europa y Asia.
En el conjunto de la Catedral es preciso ser fatalista como los mahometanos para convenir en la piadosa impresión que puede producir este templo. Un inmenso bosque de pilares rectos, dilatado en simétricos andenes que se pierden reproduciéndose al infinito, siempre bajo la misma forma, despierta en el alma del creyente la inflexible voluntad que lo empuja en la vida, y el hado inexorable que le aguarda en su paraíso. Y en el sueño tranquilo de una existencia impura y llena de esperanzas, nada hay como ese tejido de curvas que se revuelven sobre sí mismas, y aparecen ilusoriamente ondulando como reproducidas en las aguas de un estanque que mueve el viento; nada como el interior de esa mezquita para una conciencia musulmana. Pero esta majestuosa expresión de un culto de recogimiento, que carece de la solemnidad cristiana y de la grandeza pagana, no puede rebajar la significación de otro monumento que se levantó más tarde en la Alhambra para el sensualismo y la voluptuosidad, para la poesía y la gloria. En el primero, el esfuerzo pujante de una religión que alimenta la fe y la creencia en el dominio del universo, y en el segundo, el refinamiento inspirado por la tolerancia que en los pueblos despiertan sus repetidos desastres y sus civiles discordias.
Y mientras estos dos monumentos clásicos se engalanan del lujo que tuvo su cuna en Asia y su perfección en España, hay en Sevilla un alcázar mutilado y otros despojos interesantes, viva imagen y reflejo del arte que manejaron los bereberes, aprendido entre nosotros, llevado cien veces y vuelto á importar en decadencia, fiel intérprete de unos pueblos más groseros é infatigables, que imitaban sin sentimiento ó destruían por vanidad. Las obras árabes de la región sevillana son una demostración de impotencia para perfeccionar el arte; por eso constituyen un género de constante transición ó de inestable permanencia. Lazo que no alcanzó jamás á unir los dos extremos mencionados.
CÓRDOBA