Con efecto, en ningun otro género de arquitectura se idearon patios semejantes, porque ni el de la gran Mezquita de Córdoba, ni los de Sevilla y Sicilia tan modificados y hoy casi perdidos, ofrecen la disposición de esta gran alberca coronada por decoraciones diferentes en extensión y ornatos. Es necesario trasladarse á los países donde existe la raza viva y dominante, para hallar algo que se le parezca; en cuyo caso los detalles variarán forzosamente, y de aquí el especial, raro y extraño golpe de vista que el espectador recibe al pisar sus espaciosas galerías.

Este patio se denominaba antiguamente el Mesuar, y según el texto de sus inscripciones, fué Mohamad V el que lo mandó construir, aquel Sultán Abu-Abdil-lah, que reconquistó á Algeciras y favoreció la vuelta de los Beni-Merines para que le ayudaran en las guerras contra los cristianos. En el año de 1520 se hallaba guarnecido en toda su base con vistoso mosáico, igual al que se conserva hoy en uno de sus costados. De los arrayanes salía el agua que se derramaba sobre el estanque por numerosos saltadores, según hemos podido ver en los restos de cañerías que en el año 1840 se descubrieron. Algunos naranjos tapizaban los planos sin adorno que hay en los largos costados. El pavimento era de mostagueras vidriadas azules y blancas, formando una labor semejante á la que se ve en los alhamíes de Abencerrajes, excepto bajo las galerías, donde se hallaron siempre grandes losas de mármol blanco de tamaños diferentes á manera de mantas extendidas, cuyas piedras se habían hecho traer, como todas las del palacio, de las canteras de la Sierra de Filabres[79].

La forma clásica de este patio debe llamar la atención del arqueólogo, porque en él halla detalles de la vida íntima del pueblo que lo construyó. ¡Cuánta variedad de puertas hay en él abiertas; ¡cuántas diversas decoraciones, unas más ostentosas, otras más sencillas, guarnecen los paramentos de sus fachadas! Todo habla muy elocuentemente de sus costumbres, del misterio y del lujo en que vivían. En el cuerpo de la construcción se abren numerosas puertas de diversos tamaños, que conducen á diferentes estancias, cuyo uso puede adivinarse sin entrar en ellas. Preciosos divanes, estrechas garitas, pórticos suntuosos, y esos dos elegantes claustros cuyos arcos realzados sobre prolongados arranques, muy próximos en la curvatura al arco romano, descansan en impostas de colgantes, que ciñen la escocia del capitel y se apoyan en esas singulares columnas, las más robustas y hermosas del alcázar. Puertas alicatadas semejantes á las que hemos restaurado en el centro de la primera galería, cerraban los claros de las cuatro más elevadas decoraciones que hay simétricas, mientras otras más pequeñas cubrían los humildes arcos que dan paso á los estrechos pasadizos; y se observa en los siete claros de ambas extremidades que el del centro está más aperaltado que los otros para dejar menos espacio á los tímpanos que tan primorosamente decoraban con arabescos traslúcidos en forma de rombos, enlazados con relieves de cintas, hojas rayadas, conchas y piñas informes, pero delicadas. De estas dos elegantes galerías, la del Sur está superpuesta de dos cuerpos de diversa altura, el primero con siete ventanas cerradas de celosías preciosamente combinadas, construídas cada una de más de 1.500 piececitas torneadas y cubitos rectángulos, que demuestran la ingeniosa paciencia de los obreros que á ellas se dedicaban; en la del centro hay un ajimez. El más elevado cuerpo aparece como un gran balcón ó galería descubierta (menacir) distribuída en los mismos claros de fachada, desde la cual se goza la más hermosa perspectiva de este patio. El arco que se ve en el centro del claustro comunicaba con las habitaciones altas que fueron destruídas, y en los años 1840 al 43 se colocó el antepecho de hierro que tan inoportunamente vino á cambiar su antiguo carácter, cuya obra se ha reemplazado por un tendido de celosías de madera, semejantes á los que se conservaban en las casas del Chapiz y otros barrios moriscos de Granada. El claro del centro, formado de cartelas, es una reminiscencia de la arquitectura indiana despojada de los animales alegóricos; se ha dudado si sería alguna restauración caprichosa, pero sus tallados de madera y letras karmáticas están hechos por mano musulmana; y además, por más extrañas que parezcan estas cartelas, tenemos ejemplares en Cairo, en Persia y en todo el Oriente. Son preciosas las dos hornacinas de las extremidades de esta galería, bastante desfiguradas hoy por falta de restauración.

El lado opuesto del patio no tiene más que el primer cuerpo, con un grande arco de entrada á la sala de la Barca y salón de Embajadores. Sus archivoltas son de proporciones tan armónicas, y sus columnas tan admirablemente torneadas, que no tienen la más ligera imperfección. Los capiteles de las dos del centro son los más bellos y mejor labrados que hemos visto y de la más moderna traza de almocarves; sus delicados adornos, pintados de azul y oro, la robustez del collarino, sin quitar nada á la esbeltez de la forma, y las suaves curvas de las basas, recuerdo de la línea gótica que se enrosca por el plinto cuadrado, hacen de estos pilares los más preciosos objetos de arqueología mahometana.

Los cuatro alhamíes que hay á las cabeceras de estos dos hermosos claustros, constituyen esos tranquilos lugares de reposo donde los árabes pasaban la mayor parte del tiempo sobre almadraques de camocán, forrados de aliceres de colores superpuestos y cosidos con hilo de oro, formando cada color un dibujo diferente. Á falta hoy de ellos, recreamos la vista en sus techos estalactíticos manchados todavía del brillante azul lápiz-lázuli, que se halla tan prodigado en este alcázar; en los restos de mosáicos muchas veces removidos; en la cornisa alminada donde falta el bazar en que colocaban los vasos de barro encarnado, las armas con empuñaduras esmaltadas y los candiles de bronce, y en los hermosos arcos de sus fachadas con dobles curvaturas escéntricas y estrías de media concha á manera de los agallones chinescos. Sobre ellos hay recuadros guarnecidos de repetidos blasones que ostentan la fatídica leyenda de «No hay más vencedor que Dios» y más alto todavía, entre los planos apilastrados, unas pequeñas ventanas, mexuares, de los aposentos encima construídos.

Hay dentro de estas mismas galerías, sobre una inscripción que citaremos luego, planos poco armónicos en la actualidad y que han dado ocasión á que supongan en ellos la existencia de pinturas semejantes á las que Makrisi cita de los monumentos antiguos de Bagdad y Cairo, como originarias de la Persia. Ibn Batuta refiere que en Granada habitaban muchas familias persas, y de aquí deduce que estos paramentos estarían pintados con escenas de sus guerras, fantasías de cuentos heróicos ó amorosas aventuras, á la manera que el kalifa Bi-Ahkam Yllah hizo pintar retratos de hombres célebres en su renombrado alcázar; y aunque según Ibn Jaldum los árabes de Andalucía habían tomado la costumbre de pintar figuras en las paredes, imitando á los cristianos, nosotros no hemos hallado en dichos paramentos ningún vestigio de ellas. Creemos, por el contrario, que aquí era sólo un medio de hacer más sencilla la ornamentación para que descansara la vista del espectador, fatigada del examen de tan finos detalles. El uso de las pinturas murales, atribuído á los fatimitas, ha podido usarse en otros parajes que citaremos luego; pero en este sitio sólo había una superficie estucada y brillante, de color marfil, sobre la cual ponían tapices con telas recortadas.

La puerta de arco de herradura, sin semejante en todo el palacio, indica por sí sola que fué siempre la antigua y única entrada á este patio de la Albehira, visto detenidamente su dentellado y sus enjutas, recuerdo positivo de los arabescos de Toledo; nada los asemeja en la Alhambra; hay que buscar el adorno en los mismos motivos de la mezquita de Córdoba. ¿Por qué, pues, este arco nos hace retroceder tres siglos, á lo menos, en la historia del arte? Tiene, sin embargo, una relación de continuidad, si entramos por él hasta llegar al patio de las dos puertas cuadradas y del gran testero que describiremos. ¿No parece que todos estos detalles pertenecieron á un período más remoto? Si no halláramos en el arco central de la inmediata galería que da paso al octuvan, llamado Sala de la Barca, otro arco de almocarves con enjutas rellenas de ese primitivo adorno de vástagos y piñas arrolladas en espirales, ornatos que pueden llamarse primitivos, diríamos que la puerta antes citada estaba ya hecha cuando se construyó este patio.

Se hallan diseminadas otras puertecillas simétricas que servían para comunicar con escaleras que fueron destruídas, ó con pasadizos interiores. Las que hay bajo las galerías tenían usos especiales para las guardias y servidumbre, cuyas gentes jamás se servían de las principales. Más de un escritor se ha metido á censurar estas irregularidades aparentes, desconociendo el objeto social del arte; pero el que se halle iniciado en la vida íntima del pueblo árabe, en sus costumbres y en su religión, deducirá de la forma y atavío de estas diversas decoraciones el destino de cada uno de los aposentos que guarda.

Cuatro importantes restauraciones ha sufrido este patio: una en 1535 y siguientes; otra en 1590; otra en 1691, y la última en 1860.

En la de 1535 se hizo la reforma de casi todo el alero de madera, la composición de las cubiertas, con cuyo dato y otros que citaremos, no titubeamos en admitir la existencia de las cubiertas vidriadas en todo el palacio. También se compusieron hacia la misma fecha los festoneados de tejas de colores que lo embellecían y las jairas del patio por un llamado Peñafiel, que tenía la fábrica en la Alhambra[80].