Con efecto, en ninguna parte de este palacio hay techos más bellos ni más difíciles de hacer que los que se contemplan dentro de estos pabellones. Son unos acicafes trazados sobre una superficie curva que no es completamente esférica, y que por lo mismo ofrece inmensas dificultades de distribución geométrica, que todas están salvadas de una manera admirable. En esta clase de trabajos no ha habido quien mejore á aquellos artífices. Dichas bóvedas así talladas y combinadas de miles de pedazos, descansan sobre las pechinas que llenan los espacios triangulares, hasta coger las cuatro azuares ó paredes caladas, cuyos arcos forman los elegantes kioskos.
La fuente del centro no se levantaba como hoy sobre apoyos descansando en el lomo de los leones, sino que sentaba inmediatamente sobre ellos; pues consta que en 1708 un tal Diego del Arco hizo la segunda taza y los referidos apoyos, y que más tarde, en 1838, se hizo la pequeña pirámide en que termina; siendo de todo punto evidente que esa taza de mármol grande, llena de agua, y ceñida de una hermosa inscripción, servía para las abluciones que tienen obligación de hacerse los mahometanos cuatro veces al día.
Al contemplar esos doce leones que la inscripción ensalza como obras de una expresión admirable, se notan las inspiraciones que el pueblo árabe había recibido en las ruínas de Tesifon, Persépolis, Bostan y en la antigua Persia. Así es que ni un paso adelantó en sus esculturas, antes bien, son más amaneradas todavía que las de los bajo-relieves de Murgal, donde se ven mónstruos y figuras humanas en actitud expresiva, con pelos erizados, que á manera de escamas cubren sus cuerpos. Estos, como aquellos mónstruos, tienen cierta rigidez en sus miembros, para darles más forma arquitectural, según el uso á que se destinaban. Los pliegues de la piel de sus vetustas cabezas semejan líneas simétricas que caen á uno y otro lado de las fauces, cuyos dientes son como los de los toros de Rustam, y sus melenas tan duras y tiesas como la de las cabezas de los monolitos de Táuris.
Cuando empezamos la restauración de este edificio hallamos el complemento de muchos de sus detalles, que pasaron desconocidos á los que antes se habían ocupado del arte musulmán. No era fácil, sin duda, fijar la forma de las cúpulas de los templetes, y el tamaño y adornos de todo el alero, si no hubiéramos hallado bajo las mezquinas restauraciones del siglo XVII los restos antiguos, sus dimensiones, su asiento, y cuanto puede necesitarse para devolverles la primitiva forma.
No tuvo jardines ó alizares este patio como se supone, excepto desde los años 1808 hasta 1846, en el que se hicieron arrancar por haber perjudicado á los cimientos; y en tiempo de los árabes estaba todo él embaldosado de mármol á grandes chapas[108] y mostagueras azules y blancas en las galerías.
Debemos llamar la atención hacia la sala que hay antes de entrar en este sitio, donde hemos levantado una corteza de yeso, bajo la cual habían ocultado nuestros antepasados los arabescos de su decoración. Un techo de la época de Felipe V, ha coronado la estancia en vez del de colgantes que tenía, de los cuales conservamos algunos trozos para reponer los antiguos[109].
Dijo el historiador Lafuente, que Alhamar el de Arjona fué el que mandó construir este patio; pero las inscripciones que por todas partes tiene labradas, comprueban que fué Abu Abdil-lah Alganí bil-lah, el conocido por Mahomad V, que nació el 4 de Enero de 1338, y á cuyo sultán se atribuyen las más importantes obras llevadas á cabo en el reino de Granada. Ese mismo continuó las emprendidas por su padre, pero en época de tal florecimiento, que se nota bien la diferencia del gusto entre el Mexuar y este Patio.
Dícese que en este sitio, uno de los más predilectos de la corte mora, fué donde se hizo la jura del hijo de Mohamad, Abu Abdallah Jusef, en su casamiento con la hermosa y celebrada Zahira, y se dieron comidas á la usanza castellana, con presencia de embajadores cristianos de Castilla y Francia.
No hay en las inscripciones de este departamento bastante interés para anotarlas aquí, pues excepto las relativas al monarca citado, todas son salutaciones conocidas, elogios al sultán y suras del libro sagrado. Pero es de extraordinario mérito literario la que hay esculpida en el borde de la pila de la fuente, la cual debemos reproducir para conocer el lujo de hiperbólicas bellezas que ostentaba el monumento, y cita que se hace en ellas de un jardín que existiría en los espacios que rodeaban al edificio.