Nótese el arco de entrada, fastuosa inspiración; nada más elegante y rico sin carecer de la delicada sencillez, que encanta al que lo mira. Dice el P. Echevarría que en los gruesos del arco había nichos como los de otros parajes; pero podemos asegurar que la decoración de este sitio no ha sido jamás modificada.
Obsérvase lo rebajado del ajimez del centro y ventanas laterales, así dispuestos para reclinarse en el suelo á la vista de los jardines. Son cúficos la mayor parte de los adornos de las paredes. Tan preciosa estructura está coronada por una trazería calada hecha de madera, y en cuyos claros había colocados cristales de colores[133]. La luz neutra que se derramaba por ellos producida por los colores de sus vidrios, daría á esta estancia un aspecto sublime. Para ello, estaban cubiertos los claros con cuajadas celosías de madera que velaban la luz del jardín, todo lo cual armonizaría perfectamente los colores de las paredes en todo el vigor de su entonación, con los trasparentes del techo, que hoy aparecen un poco fuertes. Las cuatro paredes de este precioso mirador están compuestas de arcos apuntados dobles y triples bajo un centro común, y el de entrada tiene las más bellas enjutas que hay en el alcázar, con una curva á festón que regulariza los mocárabes de su intrados en pequeños cupulinos. Los alicatados ó azulejos son los más finos, obra de indescriptible paciencia. Su pavimento era una alfombra de los mismos mosáicos del umbral, y el todo revela un encanto y misterio voluptuoso, sin igual en el alcázar.
Desde la ventana del centro se veía el río Darro, antes de que se construyera el Patio de los Naranjos, después de la conquista.
En el año 1853 se fortificaron los muros por el exterior para contener la ruína indicada en la antesala inmediata. En ella se notan dos preciosos ajimeces que abren al patio citado, y los arabescos interiores de los muros conservan bien sus colores primitivos, especialmente en su hermosa techumbre.
Los espacios lisos de esta antesala, como hemos dicho de otros análogos, los cubrían los árabes con tapices y cueros labrados, ó con panoplias de telas de diversos colores, en las cuales había pescantes como kanecitos para colgar ropas, armas y otros objetos. Las dos puertas de sus extremidades son modernas, pues por este lado cerraba el edificio sin otra comunicación que la del centro.
He aquí las notables inscripciones de este pequeño cuarto:
«Todas las artes han contribuído á embellecerme, y me han dado su esplendor y sus perfecciones».
«El que me vea creerá que soy una esposa que se dirije á este vaso y le pide sus favores».
«Cuando el que me mira contempla con atención mi hermosura, su misma vista desmentirá al pensamiento».
«Y creerá, al ver los tibios rayos de mi esplendor, que la luna llena tiene aquí fija su aureola, abandonando sus mansiones por las mías».