—No vinieron.... Ya sabes: como doña Carmelita está un poco mala....
—¿De qué?—pregunté inquieto.
—Lo de siempre.... Los achaques.... Anda, que te están esperando. Dame la maletita. ¿No dejas nada?
—No; mañana temprano vendrás por el baúl.
En marcha. A la salida me despedí, muy de prisa, de mis compañeros de viaje.
Andrés no dejaba de verme ni de acariciarme. A cada paso me decía.
—Pero, niño... ¡si estás tamaño!
II
Tomé por calles que conducían a la casa paterna. En ella debían vivir mis tías. Nadie me había dicho lo contrario hasta que Andrés me detuvo: