Y volviéndose cautelosamente para ver si estábamos solos, agregó:
—¿No lee usted ya?
—Ha tiempo que cerré el libro.
—¿Qué hacía usted?
—Verla a usted.
—¿Verme?
—Sí; admirar tanta belleza....
—¿Tanta belleza? Parece que el señor don Rodolfo se ha vuelto galante....
—¡Ay, Angelina!—exclamé poniéndome en pie.—¡Es preciso que esto tenga término!...
La joven comprendió al punto lo que iba yo a decirle, y se puso trémula, asustada, roja como una amapola. Me acerqué de puntillas, y apoyado en el respaldar del sillón, me incliné, y en voz baja le dije al oído: