—Angelina: ¡la amo a usted! ¡Me muero de amor!...
No me contestó; llevóse las manos al pecho, y fijó la mirada en una cestilla que tenía delante.
—Angelina...—supliqué.
¡Silencio! ¡Silencio horrible! La emoción la ahogaba. Oía yo los latidos de su corazón.
—Angelina, una palabra.... ¡Una palabra, por piedad!
—No quiero hablar,—me dijo tristemente,—no quiero hablar; ¿no lee usted en mis ojos más de lo que mis labios pudieran decirle? ¡A qué negar lo que ya sabe usted! ¡A qué ocultar, Rodolfo, que hace mucho tiempo que le amo! ¡A qué negar lo que mis ojos le han dicho tantas veces!
Apartó los ramilletes que tenía delante, y ocultó el rostro entre las manos.
Sonaban en aquel momento las doce en el viejo reloj de la sala, y tía Pepa, que andaba en las piezas interiores, se presentó en la habitación.
—¿Acabaste ya?
—¡Ya! Vea usted....