Angelina se quedó cabizbaja, como atormentada por un triste presentimiento, como temerosa de decir algo que la avergonzaba.

—¡Habla!... ¡Contéstame!...

La huérfana callaba, baja la frente, mientras abría con la punta de los dedos el apretado seno de una rosa pálida.

—Linilla... ¡no seas cruel!

Suspiró penosamente, sacudió la cabeza para echar hacia atrás una trenza que le caía sobre el hombro, y murmuró bajito, bajito, tal vez deseosa de no ser oída:

—Aun no he dicho todo... y debo decirlo. ¡Oyeme, por piedad! No quiero decirlo... pero el corazón me grita: ¡Habla! ¡Habla!

—Pues, dímelo!

—Sí, Rodolfo: no soy digna de tí. Tú mismo lo has dicho muchas veces, delante de tus tías, delante de mí.

—¿Yo, Angelina?

—Sí.