—¿Yo?

—Sí, y... ¡cómo me has hecho llorar!

—¿Yo, Angelina?

—Muchas veces. ¡Para qué viniste! ¡Para qué te conocí! Rodolfo: ¿porqué me amas? ¿Porqué te amo yo? ¡Qué de lágrimas me cuesta tu cariño! Mira: si no merezco que me ames, olvídame, olvídame; me iré de aquí, llorando, sí, llorando... pero me iré, a la Sierra, a cualquiera parte.... Tú puedes ser feliz. Apenas empiezas a vivir.... El corazón humano es mudable; llegará día en que me olvides.... Amarás a otra, y serás amado, y serás dichoso.

—Angelina:—repliqué suplicante—¿a qué viene todo eso?

Oyeme: este pobre corazón mío, no había amado nunca: llegué a esta casa y me hablaron de tí; me dijeron que eras huérfano, huérfano como yo, y me fuiste simpático; y me dijeron que eras bueno, muy bueno, y me interesé por tí; leí tus cartas, vi tu retrato, y hallé que eras como yo te había soñado; viniste, y me estremecí al oir tu voz; me hablaste... ¿te acuerdas?... y se ahogó la voz en mi garganta, y palpitó mi corazón trémulo de amor. Después... ¡a qué decirlo!... Me dijiste: «te amo», y quise callar, y no pude; y cuando intente matar tu cariño con una palabra desdeñosa, se abrieron mis labios, y dijeron: «¡yo también te amo!»

—¡Sí, te amo, Angelina!...

—Oyeme. Me has lastimado el corazón; has entristecido mi alma.... Pero te perdono, te perdono, porque lo has hecho sin saber lo que hacías.... Estoy segura de ello.

—¿Cuándo y cómo?

—Dijiste una vez... y lo has repetido muchas veces... «jamás me casaré con quien no sea digna de mí; y no es digna de ser esposa de un hombre honrado aquélla cuyos padres...» Lo diré de una vez.... La unión de los míos no tuvo la bendición del Cielo.