—Están muy pobres. No han querido decirte nada para no afligirte. ¡Las pobrecitas te quieren mucho!
—¡Que si me quieren! ¡Vaya!
—Nada les digas. Veremos a ver por dónde salen. Para tu gobierno: ya no pueden seguir dándote la mesada. Las ayudo cuanto puedo, pero ya comprenderás que no les doy mucho; los tiempos están malos; no se paga un peso.... Sin embargo, si quieres, haremos un esfuerzo, cueste lo que costare. ¿Tienes que estudiar mucho todavía? Pues si no es mucho, si no es mucho alcanzará. ¡Aunque me quede sin nada! Al fin, para lo que yo he de vivir. Al fin no hago más que pagar lo que a los amos les debo....
Y sin dejarme contestar pasó a otra cosa.
—Pero, niño... ¡si estás tamaño! ¡qué grande! ¡qué buen mozo!
Detúvose delante de una casa de pobre apariencia. Asió el llamador, y
—¡Tan! ¡Tan!
No tardaron en abrir. Apareció una joven que me miró con insistente curiosidad.
—Entren...—dijo.
—¡Doña Carmelita!—gritó Andrés, entrando,—¡Doña Carmelita! ¡Aquí está el niño! ¡Muy grande! Y... ¡muy formal!