—No, Linilla mía; pero lo primero es lo primero.

—¡Si no puedo creer en esta separación! ¡Si nunca pensé en ella!... La vida lejos de tí no será vida, no, sino agonía lenta, horrible, desesperante.... Pienso que puedo separarme de tí, y siento que se me hace pedazos el corazón.

—Piensa que tu deber es cuidar del pobre anciano. ¿No te dice claro en esa carta, que si tú estuvieras allá su vida sería más alegre? Pues obedécele sin chistar. ¡No temas por tía Carmen!... Cuanto a mí... cualquier día, el mejor día, tendré que dejarlas....

-Razón de más para que no me separe de ellas....

—No, Linilla; yo te lo agradezco, ganas mucho en mi cariño, pero antes que yo y que mis tías está tu protector, tu padre, que padre ha sido para tí ese buen anciano.

—Tienes razón. Será lo que Dios quiera, lo que Dios quiera. Ya no me verás triste. Si el señor cura dice: vámonos,—me iré, y me separaré de tí muy contenta, muy alegre. Ya lo verás: no lloraré; ni una lágrima saldrá de mis ojos, y eso que parezco una chiquitina, y por cualquiera cosa ya estoy llorando.... ¿Me escribirás? Cada semana, todos los días si es posible.... Yo también te escribiré.... ¿Me darás tu retrato? ¿Irás a verme? ¡Con qué ansia he de esperar tus cartas! Y las leeré muchas veces, muchas, hasta que me las aprenda de memoria....

—Y yo, Linilla, no baré más que pensar en ti; pensar en la muñequita, que estará triste, tristísima, porque vive lejos de su Rodolfo.

—Y no pensarás en otra, y no verás a otras muchachas, porque yo lo sabré.... Y no irás a la Plaza a oir a Gabrielita....

—¡Linilla! No pienses mal de mí....

—Gabriela es guapa, elegante, y qué cosa más fácil que tú....