—¡Me enojo, Linilla!...

—¡No; es pura chanza!... Pero, seriamente: ¿verdad que no pensarás en otra, aunque sea linda, hermosa, mejor que yo?

—Te lo juro, Angelina....

Un campanillazo la separó de mí, y yo tomé el sombrero y me fuí a la casa de Castro Pérez.

Aun no llegaba el jurisperito. En la puerta estaban, las señoritas. Salían de arreglar el despacho. Al verme se detuvieron a charlar conmigo.

—Tarde viene usted....

—¿Tarde? Acaban de dar las nueve....

—No, no es tarde;—me dijo la menor, Teresa, una rubia desabrida y vana,—nunca es tarde para los enamorados....

—¡Cállate! ¡Cállate mujer!—¡Qué dirá el señor!—exclamó su hermana, la pianista, una morena vivaracha y parlera.

—Déjela usted, Luisa.... ¡Que diga lo que quiera!... Veamos: ¿a qué viene eso de los enamorados?