Me pareció que habían adivinado mi secreto, lo cual, aunque en cierto modo me contrariaba, tenía para mí algo halagador.

—¿Quiere usted—replicó la rubia—que le endulcemos el oído?

—¡Jesús, mujer!—volvió a exclamar hipócritamente la morena.—¡Qué libertades gastas!

La chiquilla se echó a reir.

—Yo no quiero nada, señorita...—respondí.

A lo cual contestó:

—Como al señor le ha dado por la música.... ¡Así lo cuenta en todo Villaverde!

—¡Cuentan en Villaverde tantas cosas! Sí; me gusta la música... desde que oí tocar a Luisa.

La morena se sonrojó. Teresa se soltó diciendo:

—¡Adiós! Pues ¡no sé cómo, porque ésta toca muy mal! Tocar bien, como una profesora.... Venga usted acá,—y me sacó hasta el zaguán—venga.